Gloria terminó el té con Yolanda y regresó a la mesa.
Durante la comida, Federico y José hablaron de cosas del mundo empresarial: puro relleno.
A ojos de Gloria, ni siquiera valía la pena verse en persona para eso.
O quizá, cuando las apartaron, ya habían hablado de lo importante.
Ella ya no trabajaba en Holding Rivadeneira; no le correspondía estar en conversaciones delicadas.
Al terminar, Gloria acompañó a Federico a despedir al matrimonio Mendizábal.
Ellos se subieron al coche, bajaron las ventanas y miraron a Gloria un instante antes de despedirse.
—Señor Córdoba, ojalá trabajemos bien juntos.
Federico asintió.
—Quedo pendiente de sus noticias.
Gloria sonrió a Yolanda.
—Adiós.
Yolanda asintió.
—Seguro nos volvemos a ver.
El coche de los Mendizábal se fue. Gloria se acomodó el cabello que el viento le había desordenado y volteó hacia Federico.
—Señor Córdoba, si ya no hay nada más, me voy.
Federico sacó las llaves del coche.
—Yo te llevo.
—No hace falta. Aquí es fácil pedir un taxi.
—Está bien.
Al ver esa cara de “no te acerques”, Federico no insistió.
Gloria se dio la vuelta y se fue. No había caminado ni unos segundos cuando escuchó que Federico volvió a hablar.
—Mantente lejos de Lucas y los suyos.
Gloria se detuvo y volteó.
Pero Federico ya iba rumbo a su coche.
Aunque hoy era la primera vez que veía a José y a Yolanda, la impresión que le dejaron fue buena.


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