Alicia Vallejo, que siempre había sido prepotente y se sentía por encima de todos, ahora también se estaba yendo por la fácil: amenazar.
Y encima con la carta de “me voy a morir”.
Pero al final, la que iba a cargar con la culpa era Gloria Loyola, como si ella fuera la que no dejaba que Federico Córdoba regresara.
Si de verdad pasaba algo, la villana iba a ser Gloria.
La más inocente de todas.
Abrió la pantalla de llamadas, tecleó un número y marcó.
El teléfono sonó un buen rato antes de que contestaran.
—¿Qué pasó?
Del otro lado, la voz de Federico era grave, rasposa, con ese tono que se le quedaba pegado a uno.
—¿Por qué todavía no regresas a Belgrano Norte? —preguntó Gloria, sin disimular el mal humor.
El tono de Federico también se endureció.
—¿Y eso a ti qué?
—Nada —replicó Gloria—. Pero en diez días te casas con Irene Orozco. ¿No deberías estar allá?
—No es asunto tuyo.
La respuesta de Federico no le dio lo que quería oír.
Ni siquiera sabía qué era lo que esperaba escuchar, pero seguro no era eso.
—En Río Alicante el trabajo no está tan pesado —insistió Gloria—. Al menos no como para que te pongas el pie tú solo con lo de tu boda. Federico, ¿qué traes en la cabeza?
Federico se quedó callado un momento, tragó saliva y soltó la pregunta:
—Gloria… ¿tú de verdad quieres que regrese para casarme con Irene?
A Gloria se le hizo un nudo en la garganta.
El viento de la tarde, que normalmente se oía con fuerza, de pronto pareció apagarse por completo.
Como si hubiera vuelto a aquella noche en la que ella pidió el divorcio y se quedó esperando la respuesta de Federico durante esos minutos eternos.
En esos minutos, ella no sabía qué estaba pensando él. El silencio era demasiado.
—¿Y si no? —respondió Gloria—. ¿Quieres que te diga que ojalá no te cases con Irene? Federico, ya nos divorciamos. Cada quien por su lado.
“Cada quien por su lado”.
—¿Eh? —Pablo sí creía que ya era hora de volver, pero no pensó que con solo preguntarlo… Federico fuera a hacerlo.
Al notar algo raro en su voz, añadió:
—Señor Córdoba… ¿pasó algo?
—No —respondió Federico, apenas moviendo los labios—. Todo está bien. Todos felices. Cada quien por su lado.
—¿Eh?
Federico colgó.
A la mañana siguiente, abordó el vuelo a Belgrano Norte.
Alicia llegó al aeropuerto con Irene para recibirlo; la prensa tenía el lugar hecho un caos.
Cuando Federico salió, Irene se le colgó del brazo, incapaz de ocultar la emoción.
Alicia se encargó de dar la cara por “la pareja”, atendiendo a los reporteros.
—Hubo algunos roces dentro de la empresa. Federico no puede permitirse bajar la guardia; al final, el futuro de Holding Rivadeneira y de la familia Córdoba está en sus manos. Estos días Irene ha tenido que aguantar muchas cosas… con tantos comentarios negativos, ella sola lo ha cargado todo…
Con eso, Alicia terminó de armarle a Irene la imagen de mujer madura, paciente y sufrida.

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