Federico se quitó el saco y se los echó encima a ella y al bebé.
A Gloria le llegó ese olor conocido y, sin saber por qué, se le calmó el pecho.
Era el hombre del que más quería huir… y el que menos debería estar ahí.
Pero su instinto le decía otra cosa: con él ahí, todo se iba calmando; el peligro, ese que no alcanzaba a ver, se desvanecía.
Levantó el brazo y lo apoyó con cuidado sobre el bultito amarillo.
Sintió calorcito y un movimiento leve. Los párpados se le fueron cerrando y volvió a hundirse en la neblina.
Federico la sacó del quirófano. Tenía la mirada fría y afilada, de esas que dan miedo.
—Llévense a Raúl a urgencias. Y a los demás, contrólenlos. Quiero saber qué carajos venían a hacer.
—Sí, señor Córdoba.
Raúl se incorporó tambaleándose y alcanzó a seguirlo. Se colgó del hombro de Federico y salió del área.
—Federico… lo que te debía, ya quedó pagado.
Dio un paso… luego otro. Se le fue el cuerpo y empezó a desplomarse.
—¡Raúl!
Virginia venía doblando por el pasillo. Lo único que alcanzó a ver fue a Raúl con la cara hecha pedazos. Se le cayó el biberón de las manos y rebotó en el piso con un sonido seco.
Corrió y lo sostuvo antes de que se fuera al suelo.
—¿Qué pasó? ¿Y Gloria? ¡¿Qué está pasando?!
Se suponía que era un quirófano, pero parecía zona de guerra.
La puerta estaba cerrada, pero se alcanzaban a oír gritos y golpes adentro.
Virginia lo soltó y se lanzó hacia la puerta.
—Ella… está bien… —Raúl le agarró la muñeca; terminó la frase y se desmayó.
Virginia se zafó para meterse, pero en ese momento salió un hombre de traje.
La puerta volvió a cerrarse casi de inmediato, pero lo que se vio en ese segundo bastó: lleno de gente, varios golpeados, quejándose, y el olor a sangre saliendo al pasillo.
—¡Gloria! ¿Dónde está Gloria? —Virginia ya estaba al borde—. ¿Ustedes quiénes son?
Federico lo sostenía con una mano y con la otra traía el biberón. Tenía el ceño fruncido, como si estuviera peleándose con el mundo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Gloria, débil.
Federico por fin se dio cuenta de que ya estaba despierta. Sus ojos negros se clavaron en ella.
—Dándole de comer.
Nada más.
¿Por qué estaba ahí? ¿Por qué él tenía al bebé?
¿Era su bebé? ¿Niño o niña?
Todo se le había ido al carajo con lo que pasó, y el parto no se parecía en nada a lo que ella había imaginado: que el doctor le diría si era niño o niña, cuánto medía, cuánto pesaba… y que Virginia estaría esperándola afuera con flores, lista para cargarlo como si fuera suyo.
No. Si era niña, Virginia se habría puesto peor de emocionada con su futura “nuera”.
¿Entonces por qué no estaba Virginia? ¿Y por qué estaba Federico?
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