—Federico, dame al bebé.
Gloria no alcanzaba a ordenar nada en su cabeza. Lo único que quería era abrazarlo y quitárselo de las manos.
Su tono hizo que Federico frunciera todavía más el ceño.
La vio pálida, alterada, intentando moverse.
Federico cedió.
—No te muevas. Yo te lo acerco.
Gloria tenía la aguja del suero en la mano. Al apretar el barandal, se le regresó un poco de sangre al tubo por un instante.
Soltó, abrió los brazos y no le quitó los ojos de encima mientras Federico se acercaba y le acomodaba al bebé en el pecho.
—Es niño. Está muy bien.
Le pasó el biberón.
—No dejaba de llorar. No sé si era hambre.
Gloria agarró el biberón y vio la leche blanquita.
—¿Tú lo preparaste?
—Sí —asintió Federico—. Lo hice como dice la fórmula. Y la temperatura está bien; se lo puedes dar así.
—¿Y Virginia?
Gloria, a solas con él, se sentía rarísima.
Federico negó con la cabeza.
—No sé.
—¿Entonces por qué estás aquí? —Gloria no entendía nada—. ¿Qué fue lo que pasó?
Por cómo se veía Federico, no parecía que hubiera venido a quitarle al bebé.
Los recuerdos sueltos, nublados, de después de la cirugía… ¿no habían sido un sueño?
Un segundo.
—¿Hoy no te casabas?
Federico jaló una silla y se sentó junto a la cama.
Sus ojos se quedaron sobre el bebé, rojito, arrugadito, recién salido al mundo. Era la primera vez que veía uno así… y la primera vez que cargaba a un recién nacido.
Era blandito, como si no tuviera huesos.
La pregunta de Gloria solo obtuvo una respuesta ligera:
—Se canceló la boda.



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