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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 493

—Sí va a doler, pero es para que no se te pegue la herida y luego sufras menos. Aguanta.

Federico sabía que ella era muy sensible al dolor.

Al verla pálida, se le suavizó la voz sin querer: entre persuadiéndola y hablándole con calma.

—Ajá.

Gloria alzó la mano.

Federico la tomó de la muñeca. Con la otra le sostuvo la nuca, dándole apoyo para que se incorporara.

El cuarto olía fuerte a desinfectante, mezclado con un aroma tenue a leche.

Y, encima, se coló el olor de Federico: un perfume amaderado, discreto.

Ese revoltijo de olores se le quedó a Gloria en la nariz.

Escuchó su propio corazón: pum, pum, pum, fuerte, insistente.

En un descuido jaló la herida y el dolor le arrancó un sudor finito en la frente.

Federico la rodeó por los hombros y la recargó en su pecho.

—No hay prisa. Muévete despacito, así sufres menos.

La niñera, con el bebé en brazos, intentó distraerla:

—Señorita Loyola, se ve que usted es una mujer preparada. El niño ya tiene dos días y todavía no le han puesto nombre. Aproveche ahorita y piense uno.

Gloria tenía la cabeza recargada en el pecho de Federico; el torso de él era firme, compacto.

La postura de los dos era demasiado cercana, demasiado ambigua.

Pero a ella ni le importaba: el dolor la tenía encogida.

—Como no sabíamos si iba a ser niño o niña… no le pusimos.

Su voz salió ahogada contra el pecho de Federico.

Sabía que la niñera quería ayudarla a distraerse, pero ni fuerzas tenía para levantar la cabeza y contestar como se debía.

Federico le acomodó el cabello suelto detrás de la oreja y, con el pulgar, le limpió el sudor de la frente.

—Ahora ya sabemos. Sí hay que pensarlo.

Gloria no respondió. El dolor no la dejaba ni concentrarse.

La niñera miró a Federico.

—Señor Córdoba, ayúdele a pensar nombres y que la señorita Loyola escoja el que más le guste.

No explicó nada.

Ya firme, avanzó a pasitos, despacio, moviendo los pies como si cada paso pesara.

Se acercó a la niñera y se quedó de pie mirando al bebé. No era lo mismo que verlo acostada.

El chiquito tomaba su leche; en los ojos, negros y brillantes, todavía se le notaba una capita amarillenta, como una telita.

La niñera caminó en reversa con el bebé, lenta, y Gloria fue avanzando igual de lento.

Al verlo, casi se le olvidó el dolor.

En la noche, la niñera se llevó al bebé a dormir al cuarto de al lado.

En la habitación de Gloria había una cama para acompañante.

Encima estaba el saco negro de Federico; él se había ido con Raúl.

Cuando todo quedó en silencio, Gloria recordó la escena de Federico sosteniéndola para que se levantara.

Era demasiado absurdo.

Por más que le daba vueltas, que a esas alturas ella estuviera a solas con Federico, y que él la estuviera cuidando… se sentía como un sueño.

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