—Ya veo —dijo Raúl, y volvió a picarle un par de veces.
Todavía ni lo soltaba cuando la puerta se abrió.
Federico entró.
Fue directo con Raúl, le quitó el celular y, mientras revisaba mensajes y llamadas sin leer, caminó hacia el sillón.
Casi todo eran mensajes de los Córdoba.
Antes de que empezara la boda, don Mariano y doña Valentina le habían escrito para decirle que, si ya había decidido casarse, entonces que no se pusiera a hacer estupideces. Alicia también le ordenó que regresara de inmediato.
Después de que se canceló la boda, los Córdoba se quedaron callados, pero en su lugar empezaron a llegarle mensajes de los accionistas de la empresa reclamándole.
Federico le dio una hojeada rápida, contestó a un par de personas y a las demás las dejó en visto. Luego aventó el celular a un lado y siguió con los documentos.
—Señor Córdoba… lo de Gloria… —preguntó Pablo.
—Ya regresó la niñera.
—Ah… —Pablo ya no dijo nada.
—Por cierto —Federico levantó la vista hacia Raúl—. ¿No dijiste que me habías mandado mensaje?
Raúl parpadeó.
—Apenas me di cuenta… no había señal. No se envió.
Señaló el celular de la mesita.
—Ese es el celular de la señorita Loyola. Ya lo cargué. Estuvo sonando un buen rato y era un escándalo, lo puse en silencio. Si quieres, llévaselo.
Mientras hablaba, la pantalla se volvió a encender.
Era otra llamada.
Raúl miró el identificador y luego a Federico.
—Es Jaime. Desde que se prendió el celular, marca a cada rato; está bien alterado. ¿No quieres… contestarle?
Federico dejó los documentos, fue por el celular y regresó a seguir trabajando.
—No lo peles.

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