—Federico, me preocupa que si la señorita Reinoso se queda aquí contigo, tu herida se te vaya a poner peor. Mejor vela una vez y que se largue de una vez.
Ese día era el cuarto en que Virginia cuidaba de Raúl.
Como máximo serían cinco días; ya solo faltaba uno.
La paciencia de Virginia se le estaba acabando, y se notaba a simple vista.
—Mañana en la mañana —dijo Raúl—. Yo la llevo contigo; tú haz que tu gente se haga a un lado.
Raúl actuó como si no entendiera la indirecta en las palabras de Federico.
Federico decidió seguirle el juego.
—Va. Pero en cuanto salga, me mandas mensaje en corto. Si alguien se aprovecha y se mete por ahí, te voy a echar la culpa a ti.
Dicho eso, se dio la vuelta y regresó al cuarto de Gloria para contarle.
Salvo cuando se iba de viaje, Gloria y Virginia nunca habían pasado tanto tiempo sin verse, y mucho menos sin hablarse.
Gloria ya estaba esperando que al día siguiente se vieran: quería que Virginia conociera al bebé y, de paso, que le ayudara a ponerle nombre.
A la entrada del hospital, Virginia regresaba cargando una canasta de fruta, mentando madres por dentro por cómo Raúl la había traído de su sirvienta esos días.
Traía una cara de pocos amigos.
De pronto alguien le cerró el paso, y su gesto se le amargó todavía más.
—¿Y tú quién eres?
Al ver a la mujer elegante de unos cuarenta y tantos frente a ella, a Virginia se le ensombreció la cara.
—Señorita Reinoso, ya nos vimos antes.
La señora Mendizábal sonrió apenas.
—En el centro de recuperación posparto. Usted estaba con Gloria.
Virginia sí se acordó, pero fingió que no.
—No me acuerdo.
Y la rodeó para irse.
—Señorita Reinoso, quiero decirle algo.
La señora Mendizábal, subida en tacones de seis centímetros, la alcanzó a paso rápido.
—No la conozco. No tengo nada que hablar con usted.
Virginia no tenía la menor intención de darle conversación.
La señora Mendizábal se detuvo.
—¡Tiene que ver con Gloria! ¡Federico la tiene encerrada!
Virginia recordaba bien que Raúl había dicho que, cuando trabajaba como ginecólogo-obstetra en Río Alicante, solo lo buscaban quienes ya habían oído de él o llegaban recomendados.
Raúl negó con la cabeza.
—No, no mucho. ¿Por qué lo preguntas?
—Me topé a la señora Mendizábal abajo. Dijo que…
—¿Que qué? —Raúl, que estaba recostado todo chueco, se incorporó para quedar sentado.
—Nada. Ni al caso; te digo y ni me vas a creer.
Virginia sintió que algo no cuadraba.
No podía confiar en nadie.
Tenía que ver a Gloria y contárselo.
—Mañana en la mañana te llevo a ver a Gloria.
Raúl, al ver que no iba a decirle, ya no insistió.
Apenas terminó de hablar, Virginia se le fue encima de un paso, le tomó la cabeza con ambas manos y lo obligó a mirarla a los ojos.
—¿Neta? ¿No me estás viendo la cara?

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