—No sé de qué me está hablando. Gloria es huérfana, no hay ningún misterio ahí. ¿Puede llamarles? Yo crié a Gloria y a Virginia… ellas van a pagar para sacarme de aquí.
Lucía cerró la puerta de golpe, como si así pudiera evitar que la bajaran del auto y la devolvieran a ese lugar oscuro.
—No van a pagar por ti.
Jaime soltó, duro:
—El dueño del casino pedía dos millones. Aunque quisieran, no pueden.
A Lucía se le fue el aire. Se le cayó la cara.
Dos millones… era obvio que no querían que nadie la rescatara.
Gloria y Virginia no tenían esa lana.
—Señor Granados… ya que me sacó de ahí, no me deje morir. Solo yo sé la verdad sobre Gloria y Virginia. Esa información vale esos dos millones…
Qué rápido cambiaba la versión: hacía un momento juraba que no había ningún misterio detrás de Gloria.
Jaime la miró con asco.
—Primero habla.
—Yo… yo solo puedo decirle que las dos tienen que ver con los Mendizábal. Lo demás… cuando yo esté segura, se lo digo.
Lucía no dejaba de voltear hacia la entrada del casino, con miedo de que fueran por ella.
Ahí Jaime captó lo importante.
—¿Cómo que “las dos”? ¿Gloria y Virginia?
—Sí. Las dos son de los Mendizábal. ¡Sáqueme de aquí y le digo todo!
Jaime pisó el acelerador y se la llevó.
La metió en un departamento.
Lucía dijo que tenía hambre, así que mandó pedir comida.
Lucía dijo que se sentía asquerosa y que quería bañarse; también mandó ropa.
Pero ya que comió y descansó, Lucía empezó a hacerse pendeja.
—Señor Granados, le agradezco que me haya salvado. Lo que quiera que le pague, yo…
Lo de pagar para sacar a Lucía y que todavía lo estuvieran viendo la cara era demasiado humillante.
Jaime lo pensó y no le dijo nada a Gloria.
Virginia insistía en hacerle a Eduardo una reunión chiquita por su primer mes.
Gloria no pudo con ella y la dejó hacer lo que quisiera.
—Oye, si solo invitamos a Jaime, ¿no se ve bien triste? —Virginia lo pensó varias veces y preguntó con cautela—. ¿Y si invitamos también a Federico?
Gloria se detuvo a la mitad de cambiarle el pañal a Eduardo.
—¿Para qué lo invitas?
—Pues… al final te echó la mano en la cuarentena. Y en Río Alicante es como paisano. Además, somos poquitos; que venga para que se sienta más animado, ¿no?
Virginia ya no sabía a quién más invitar.
—Si tú crees que está bien, tú dale —Gloria lo dijo sin aprobarlo.
***

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