Claro que no estaba bien.
Virginia lo sabía. Solo pensó en Federico porque iban a ser muy pocos y quería que la reunión se sintiera un poco más animada.
Si por ella fuera, invitaba hasta a sus seguidores y armaba una reunión enorme.
Pero no había dinero y, además, ni era su hijo.
—Bueno, ¿entonces invito a Raúl? —preguntó.
—¿Ya se recuperó el doctor Esquivel? —preguntó Gloria.
Virginia asintió.
—Más o menos. Lo de adentro todavía necesita tiempo, pero por fuera ya sanó.
Gloria seguía sin saber por qué Raúl se había lastimado.
Después, cuando recordó el día de la cesárea, en ese estado entre dormida y despierta, le parecía que lo caótico del quirófano era demasiado raro… casi como un sueño.
Tal vez eso era el “peligro” del que Federico hablaba.
Mientras Gloria se recuperaba del parto no preguntó. Después, simplemente no se había dado el momento.
—Va. Invita al doctor Esquivel.
Así aprovechaba para preguntarle bien.
Virginia asintió y de inmediato le mandó mensaje a Raúl.
La reunión por el primer mes de Eduardo sería en la casa: la nana se encargaría de cocinar algo rico y Virginia de arreglar el lugar.
Dos o tres días antes ya andaba en friega, jalando a Jaime como “esclavo” para comprar cosas y cargar bolsas.
Jaime, esos días, andaba dándole vueltas sin parar a lo de Lucía.
—¿Qué traes? ¿Tu mamá ya te está presionando para casarte o qué? —Virginia le cachó la cara de inmediato.
—Oye, habla bien —se quejó Jaime.
—Tú entiendes. —Virginia giró el volante, manejando—. ¿Qué pasó? ¿En qué te echo la mano?
Aunque se conocían por Gloria, al final los dos eran sus amigos y ya se llevaban bastante bien.
Jaime se le quedó viendo y preguntó:
—La directora del orfanato… ¿tiene algún punto débil? ¿Algo con qué agarrarla?
—¿Quién? —Virginia tardó en reaccionar—. ¿Lucía?
—Sí.
Virginia volteó.
—¿Ya la encontraste?
Pero se fue todo el día.
Gloria le marcó varias veces; Virginia le colgó y solo dijo que estaba ocupada.
¿Qué podía ser tan grave como para ausentarse todo el día y ni siquiera preguntar por el bebé?
Cuando se quedó en el hospital cuidando a Raúl, Virginia le hacía videollamadas a la nana a cada rato y preguntaba por el niño.
Ese día, nada. Ni una sola palabra.
—Virginia podrá ser muy relajada, pero no es irresponsable. Algo tuvo que pasar. Si no, no habría dejado al niño sin preguntar por él en todo el día.
—Seguro se metió en un problema pesado.
Gloria cargaba a Eduardo para darle de comer. El bebé estaba sentado en el tapete, con los ojos bien abiertos, mirando fijo.
—A lo mejor tiene hambre. Nana, ¿le puede preparar algo?
—Ya está listo. Nada más que se enfríe tantito.
La nana cargó al bebé.
—Ya, ya… ¿tienes hambre? No te desesperes. Ahorita te doy tu huevito, bien rico…
Su voz, en el cuarto enorme, se fue quedando como con un eco suave, flotando en el aire.

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