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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 528

Gloria salió del edificio. Al ver su silueta se detuvo un instante, y luego caminó hacia él.

—No hacía falta que vinieras hasta acá nomás a dejar esto.

—No es que viniera “nomás” —dijo Federico—. Si no vengo, ¿cuándo te veo?

Ella ya no era la señora Córdoba. Tampoco era su asistente.

No había pretexto para coincidir; por eso tenía que venir.

El comentario le incomodó. Gloria frunció apenas el ceño.

—¿Y las cosas?

Federico ni alcanzó a sacarlas cuando se soltó otro aguacero, de golpe.

Él abrió la puerta del carro.

—Súbete primero.

Las gotas caían pesadas. A Gloria se le nubló la vista al instante; se agachó y se metió al carro. Sacó dos servilletas de papel y se secó la cara y las orillas de los ojos.

Federico rodeó el vehículo para subirse del lado del copiloto. Cuando entró, la camisa blanca ya la traía empapada a la mitad, pegada al pecho; su piel morena se alcanzaba a ver entre la tela.

—¿Qué tiene de bueno Río Alicante? ¿Para qué vienes a meterte a este pinche lugar?

Traía el entrecejo marcado, evidente el mal humor.

—Si tan mal se te hace Río Alicante, regrésate a Belgrano Norte —respondió Gloria, sin rodeos.

Era la verdad: Federico no tenía por qué quedarse aquí. La gente de la sucursal de Santiago no valía que él viniera en persona.

Federico la miró.

—¿De verdad quieres que me vaya de Río Alicante?

—Tú lo dijiste: que Río Alicante está horrible —replicó Gloria.

Le llegó ese aroma familiar de su loción. Ya no estaba el toque tenue de tabaco; eso lo hacía sentirse distinto, un poco ajeno.

Federico soltó, sin rodeos:

—¿Qué traes con Jaime?

Gloria lo miró de reojo.

—¿Cómo que “qué traigo”?

—Pues…

Gloria lo cortó:

—Si lo vas a devolver, ve a Belgrano Norte y dáselo a la señora —dijo Federico—. Yo nada más lo traje.

Gloria cerró la cajita, abrió la puerta y se bajó. Luego abrió la puerta trasera y aventó la caja al asiento.

—Tú lo trajiste, tú te lo llevas.

Cerró de golpe y se dio la vuelta para irse.

La lluvia ya no era tan fuerte, pero caía rápida. Gloria corrió hacia la entrada del edificio.

Con las pantuflas se resbaló; dio un mal paso y el cuerpo se le fue hacia atrás.

—¡Ay!

Soltó un grito, se tensó, preparándose para caer de espaldas y quedar hecha un desastre.

Un antebrazo firme le rodeó la cintura y la jaló de vuelta.

Gloria ni alcanzó a reaccionar: no se cayó. Y al segundo siguiente, todo le dio vueltas; Federico la cargó al hombro y la metió de regreso al carro.

La movió con una mezcla rara: cuidadoso, pero sin darle opción a resistirse. No le dolió, pero sí la dejó en ridículo.

A Gloria se le reventaron dos botones de la blusa, dejando a la vista el sostén rosa y un tramo amplio de piel blanca.

La rabia de Federico se le atoró en la garganta. Al ver eso, se le marcó la nuez al tragar…

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