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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 529

Gloria Loyola se apoyó en los codos sobre el asiento, enderezando el cuerpo. Al ver que se le había botado un botón, se recostó para abrochárselo, pero sintió que la postura era demasiado sugerente.

Si no se lo abrochaba...

Federico Córdoba estaba inclinado entre sus piernas, ocupando todo el espacio con su cuerpo imponente.

En el espacio reducido del auto, la cercanía entre los dos se volvió imposible de ignorar.

Gloria levantó la otra mano y tiró de la tela para juntarla.

Sus dedos finos y pálidos presionaban su pecho, haciendo que la curva de su escote se asomara sutilmente.

Hasta que... un saco negro cayó sobre su cabeza, cubriéndole toda la parte superior del cuerpo.

—Si no te lo pones, no te bajes del coche.

Gloria sintió que el calor que rozaba sus pantorrillas desapareció.

Se quitó el saco de la cabeza. Federico ya se había bajado del auto y estaba de pie, de espaldas a la puerta.

Se sentó de inmediato, se abrochó el botón, se arregló la ropa y bajó del vehículo con el estuche de las joyas en la mano.

—Gracias.

Una voz apenas perceptible escapó de sus labios al pasar junto a él.

Federico la miró de reojo. Llevaba el cabello recogido con las puntas un poco sueltas, y tenía el cuello y las orejas rojas de vergüenza.

—Gloria —dijo él, rompiendo el silencio.

Gloria se detuvo en seco.

—Si necesitas ayuda en algo, dímelo.

La voz de Federico sonaba indiferente, con un tono distante difícil de descifrar.

—Gracias —repitió Gloria con la misma palabra.

—Ya vete, por favor.

Esa cortesía solo aumentaba la distancia entre ellos, aunque sus palabras habían sido sinceras.

Al fin y al cabo, sin importar los motivos, Federico había estado dispuesto a ayudarla y ella debía agradecérselo.

Solo que no podía aceptarlo tan a la ligera.

Al llegar a casa, Gloria se dio cuenta de que todavía traía puesto el saco de Federico.

No era que Virginia fuera una interesada.

Simplemente creía que la familia Córdoba tenía tanta lana que lo que les sobraba de morralla era más que suficiente para mantener al niño toda la vida.

Gloria no tenía por qué ponerse sus moños con eso.

Pero ella no entendía que Gloria sentía una culpa genuina.

Aunque tenía miedo de que los Córdoba le quitaran al bebé, sabía muy bien que doña Valentina y los demás se morían por cargar a su bisnieto.

Se sentía mal por don Mariano y doña Valentina.

—Lo voy a dejar en el cuarto del niño.

Virginia fue directamente a esconder la caja en la recámara del bebé.

Tenía miedo de que a Gloria le diera el arrebato y se lo mandara por paquetería a la familia Córdoba.

—Es algo demasiado caro. Si se los fuera a devolver, tendría que dárselos en la mano —dijo Gloria con resignación, adivinando sus intenciones.

Virginia salió después de esconderlo bien. —Nada más estoy protegiendo la herencia de mi ahijado. No me lo llevé a mi cuarto para darte el beneficio de la duda, así que más te vale no decepcionarme.

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