Después del almuerzo, Lalo no se quedó dormido como de costumbre. En cambio, no paraba de moverse y estirar sus bracitos, quejándose bajito.
—Cada día crece un poco más, ya pide que lo carguen —dijo la mayordoma, intentando leer la expresión de Gloria. Al no lograr descifrar si estaba de buen o mal humor, hizo lo posible por sacar temas sobre el bebé para aligerar el ambiente.
Gloria, recostada en el sofá, miró a Lalo con indiferencia y soltó un leve «mhm» en respuesta.
—Ay, Gloria, no seas tan...
El repentino sonido del timbre cortó sus palabras.
Gloria se enderezó de inmediato y miró hacia la puerta.
—¿Será que ya regresó Virginia? —La mayordoma se puso de pie—. ¡Yo abro!
—¡Espera! —la detuvo Gloria—. Primero revisa quién es.
La mujer caminó hacia la entrada con una sonrisa.
—¿Pues quién más va a ser aparte de Virginia? No tienes otros amigos aquí en Río Alicante. Ustedes dos son súper unidas, seguro se pelearon pero ya se les pasó. Además, Virginia no es...
Llevaba bastante tiempo trabajando para ellas y, salvo por Jaime, nunca había visto que tuvieran más amistades. El día del primer mes de Lalo, Federico y Raúl no parecían ser muy cercanos a ellas; lo más seguro es que los hubieran invitado a última hora para hacer bulto.
Convencida de que era Virginia, la mujer abrió la puerta sin molestarse en mirar por la mirilla.
—¡Seño...!
La palabra se quedó a medias al toparse con unos rostros desconocidos.
—¿A quién busca?
—Busco a Gloria.
La señora Mendizábal escrutó a la mujer con la mirada, sacó un fajo de billetes de su bolso y se lo ofreció.
—Tú debes ser la niñera. Haz tus maletas y vete, ya no vas a necesitar cuidarla.
La mayordoma abrió los ojos de par en par, atónita ante la gruesa cantidad de dinero.
Al escuchar la voz, el corazón de Gloria dio un vuelco. Se levantó del sofá, lista para acercarse a la puerta.
Justo en ese momento, Lalo soltó un fuerte llanto.
Lucas dejó el bolso de su esposa en el sofá y se acercó.
—¿Es niño?
La señora Mendizábal le dio un codazo disimulado a Lucas, soltando un leve quejido entre dientes, y luego le sonrió a Gloria.
—Gloria, ¿ya te entregaron los resultados de la prueba de ADN? ¿Ahora sí nos crees?
Al notar que Gloria los conocía, la mayordoma fue al comedor a servirles agua.
—Gloria, platiquen ustedes. Yo me encargo de Lalo, ¿te parece?
—Ya te dije que te puedes ir —insistió la señora Mendizábal, molesta por la interrupción.
—Oiga, usted de verdad que... —La mayordoma, harta de su actitud, miró a Gloria—. Gloria, si ya no necesitas mis servicios, dímelo y te hago caso a ti.
Gloria le echó un vistazo rápido a la pareja. Luego, le entregó el niño a la empleada.
—Llévalo a su cuarto para que descanse.

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