—Señor... señor Córdoba —tartamudeó Lucas, y su voz tembló sin que pudiera evitarlo—. ¿Qué lo trae por aquí?
Federico salió del elevador con las manos en los bolsillos. Su mirada era glacial.
Su expresión se endureció todavía más al ver a Gloria sometida por dos guardaespaldas, con un pañuelo metido en la boca y los ojos húmedos.
Las muñecas, inmovilizadas con brutalidad por aquellos hombres, ya mostraban marcas rojas imposibles de ignorar.
Él entrecerró los ojos de golpe y soltó una patada brutal contra uno de los guardias.
Los movimientos de Federico fueron rápidos y certeros; el hombre, que medía casi dos metros, cayó al suelo de espaldas. En un parpadeo, los dos sujetos que sostenían a Gloria terminaron en el piso.
—¡Ay! —exclamó la señora Mendizábal, corriendo a refugiarse detrás de Lucas.
Federico se acercó a Gloria y le quitó el pañuelo de la boca.
Al recuperar su libertad, ella intentó correr de inmediato hacia la señora Mendizábal para recuperar a su bebé.
Sin embargo, Federico estiró el brazo y la detuvo, tomándola con firmeza.
Gloria estaba fuera de sí, solo tenía ojos para su hijo. Quien se interpusiera en su camino se las vería con ella.
—¡Suéltame!
Federico la jaló hacia él, rodeándola contra su pecho, y luego miró a los esposos Mendizábal.
—Entréguenme al niño.
La señora Mendizábal miró hacia todos lados y se encogió aún más detrás de Lucas.
—Señor Córdoba, verá... lo que pasa es que Gloria es nuestra hija biológica y vinimos a llevarla a casa.
Lucas tragó saliva y forzó una sonrisa.
—Es una larga historia. Algún día se la contaré con calma, pero resulta que tenemos un vínculo familiar.
El rostro de Federico permaneció tenso y oscuro.
—Lo diré por última vez: entréguenme al niño.
Y con la actitud tan agresiva que tenía Gloria en ese momento...
—Bueno, tómate un par de días para calmarte. Cuando entres en razón, platicaremos sobre tu regreso a casa —dijo Lucas, haciéndole una seña a su esposa para que devolviera al bebé, aunque no pudo ocultar la frustración en su voz.
La señora Mendizábal ya no pudo mantener su tono amable; se acercó de mala gana con Lalo en brazos.
—Muchacha terca, tú...
No la dejó terminar. Gloria tomó a Lalo con rapidez y delicadeza, y se dio la vuelta.
—¡Oye, espérate...! —La señora intentó dar un paso adelante para decirle algo más.
Pero Federico se interpuso en su camino. Sus ojos, profundos y oscuros, irradiaban un frío cortante.
Al toparse con esa mirada, la señora Mendizábal entró en razón y se detuvo en seco.
—Señor Córdoba, ¿puedo hacerle una pregunta? —insistió Lucas, sin querer darse por vencido—. ¿Usted y Gloria qué son...?

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