El corazón de Gloria dio un salto. Lo miró fijamente, con los labios apretados, sin decir una palabra.
Aquello no era una amenaza; la estaba orillando para que le pidiera ayuda.
Federico se levantó, se acercó a ella y, con sus dedos largos, le levantó la barbilla para obligarla a sostenerle la mirada penetrante.
—Tenemos cuentas pendientes que arreglaremos poco a poco, pero antes hay que encargarse de los Mendizábal.
A Gloria le dolió la mandíbula y sintió que los ojos se le humedecían.
—¿Qué es exactamente lo que quieres decir? —preguntó con la voz temblorosa.
Él le acarició la mandíbula con el pulgar, cubriéndole media cara con la mano hasta rozarle la parte trasera de la oreja.
Era un gesto íntimo y sugerente, pero a Gloria solo le provocó una sensación de amenaza, como si la tuviera acorralada.
El roce frío de sus dedos le heló el cuerpo.
—Nos vamos a volver a casar.
Soltó las palabras sin inmutarse.
Gloria abrió los ojos de par en par, atónita.
—¡¿Qué?!
—Lo que escuchaste —dijo él, soltándola—. Tienes dos opciones: redactas un acuerdo prematrimonial en media hora, o ahorita mismo le hablo a los Mendizábal para que regresen por ti.
—¡Tú! —Gloria le apartó la mano de un manotazo, roja de coraje y vergüenza—. ¡Te estás aprovechando de la situación!
Federico curvó los labios en una sonrisa sarcástica.
—Yo diría que te estoy haciendo un favor.
Si se volvían a casar, Federico sería el escudo perfecto para ella y Lalo. Lo de hoy definitivamente no volvería a ocurrir.
—¿Ya no te vas a casar con Irene?
Gloria no era tonta. Casarse con él la salvaría de las garras de los Mendizábal, pero aún tendría que lidiar con Irene y con su exsuegra Alicia.
Sabía que Alicia estaba a punto de llevarse a Irene a Río Alicante para buscar a Federico. Y aunque no entendía por qué se había cancelado la boda originalmente, el hecho de que Alicia la trajera a buscar a Federico significaba que seguían aferradas a ese matrimonio.
Él apenas le dio un vistazo rápido.
—Mándaselo a Pablo, él traerá los papeles impresos.
Gloria reenvió el archivo por correo, se levantó y dijo:
—Voy a ver a Lalo, siéntete como en tu casa.
Y se encerró en el cuarto del bebé.
A Federico le resonaba la frase «En un año firmaremos el divorcio de nuevo».
Apretó la mandíbula, caminó hacia la ventana y llamó a Pablo por celular.
—Agrégale una cláusula al acuerdo y tráelo...
Mientras tanto, en el cuarto del bebé, la niñera suspiró al verla entrar.
—Oye, Gloria... con todo este relajo, ¿todavía vas a ocupar que te ayude?

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