—¡No, cómo cree!
Pablo lo negó rotundamente. —Yo no sé nada de nada, ¿cómo la voy a traicionar?
Y no estaba mintiendo. Jamás había soltado la frase «el hijo de Gloria es de Federico» a nadie.
Gloria observó su expresión y no le pareció que estuviera mintiendo. —Gracias. En cuanto Federico y yo nos divorciemos de nuevo, me iré muy lejos de ustedes, así ya no sentirás que lo estás traicionando al ayudarme.
¿Divorciarse de nuevo? Pablo recordó la cláusula secreta que Federico le había ordenado añadir al contrato...
«Ni de chiste habrá divorcio.»
—Y bueno, ¿qué plan tiene con los Mendizábal? —Pablo cambió de tema—. El señor Córdoba no puede intervenir directamente. Si vamos al choque frontal, ganaríamos, pero no sería una victoria limpia, y esos Mendizábal son expertos en aprovechar cualquier descuido.
—Lo sé —respondió Gloria—. Voy a sacarles todos sus trapos sucios poco a poco.
Aunque no fuera por ella, lo haría por Virginia. Iba a enfrentarse a esa familia pasara lo que pasara.
—Cualquier cosa que necesite, avíseme con confianza. El señor Córdoba me pidió que me pusiera a su entera disposición —agregó Pablo.
Gloria asintió. —Gracias. Lamento darte tantas molestias otra vez.
—No es ninguna molestia —dijo Pablo con franqueza—. La sucursal de Río Alicante está muy tranquila. Haberme escapado de las oficinas centrales en Belgrano Norte me quitó la mitad de la carga de trabajo. Ahorita ando muy relajado.
Actualmente, Samuel Córdoba se había quedado al mando en la sede central.
A las diez en punto, en el Hotel Vinci.
Gloria entró al salón de eventos justo a tiempo.
Lo primero que vio al entrar, en una esquina del salón, fue a Bruno sentado en su carreola.
Virginia no estaba por ningún lado. Junto a la carreola solo había un niño de unos diez años.
Sus facciones recordaban un poco a las de Virginia. Era Fabio.
Detrás de ellos había un par de guardaespaldas y un empleado de servicio.
Gloria levantó un poco la falda de su vestido para acercarse. En cuanto estuvo a poca distancia, Bruno estiró sus bracitos hacia ella, pidiendo que lo cargara.
—¡Ma... maaa!
Los balbuceos de Bruno llamaron la atención de Fabio.
Le jaló el piecito a Bruno, pero el bebé empezó a patalear hasta zafarse.
Fabio arrimó la carreola rápidamente, exigiéndole a Gloria que lo regresara a su lugar.
Los guardaespaldas y el empleado no tardaron en rodear a Gloria.
—Vengo a buscar a Virginia —dijo Gloria con un tono tranquilo, sin querer armar un escándalo en medio de la fiesta.
Pablo dio un paso al frente y entregó una tarjeta de presentación. —Venimos de parte del señor Córdoba.
Al ver la tarjeta, los guardias cambiaron de actitud. Uno de ellos se escabulló entre la multitud para ir a buscar a José.
Unos cinco o seis minutos después, escoltaron a Gloria hasta una sala privada en el tercer piso.
Bruno seguía en sus brazos, y Fabio, temiendo que se robaran a su sobrino, no se despegó de ellos.
Ambos se sentaron en el sofá, uno frente al otro. Al ver a Bruno tan a gusto en el regazo de Gloria, tocándole la cara y frotando su naricita con la de ella, Fabio no pudo evitar fruncir el ceño, claramente molesto.
—Bruno está muy chiquito y no sabe quién es malo. ¡Menso, esa mujer es capaz de venderte!

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