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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 572

—Está bien, haré lo que me pidas —accedió Jaime sin dudar—. Pero si hay algo que no puedas resolver, acuérdate de buscarme. Aparte de ser jefe y empleada, somos amigos.

«Amigos».

Al escuchar esa palabra, la primera persona que le vino a la mente a Gloria fue Virginia.

—Tú descansa y recupérate. Acuérdate de cambiarte los vendajes a tiempo, y si te sientes mal, ve al hospital a checarte con el doctor Esquivel.

Le dio un par de indicaciones más y colgó el celular.

El ambiente se quedó en silencio.

Escuchó un ligero roce en la puerta. Al darse la vuelta, descubrió a Federico de pie, sosteniendo una bandeja con comida.

Quién sabe cuánto tiempo llevaba ahí. Estaba recargado en el marco de la puerta, y en sus facciones bien marcadas se notaba una expresión sombría, como si estuviera aguantando el coraje.

—Ya te había dicho que no iba a comer.

Federico había escuchado todo.

Por el tono de voz, alcanzó a distinguir que la persona al otro lado de la línea era Jaime.

Había pasado de hablar con mucha exaltación a un tono serio, solo para que Gloria le respondiera: «Por supuesto que te elijo a ti».

Entrecerró los ojos con una mirada penetrante, se enderezó, entró a la habitación y dejó el almuerzo sobre el buró.

No respondió nada; simplemente se dio la media vuelta y salió.

—Oye...

Gloria quiso decir algo más, pero él no le dio la oportunidad.

«¿Y a este qué le pasa?».

La habitación se llenó de un ligero aroma a comida; los platos aún echaban humo.

Ya que se la habían llevado hasta ahí, Gloria decidió forzarse a comer un poco.

El sazón de Margarita era de auténtica comida norteña; hacía mucho que no lo probaba y la verdad es que ya lo extrañaba.

Sin darse cuenta, se comió casi todo y terminó bastante llena.

Lalo seguía dormido, así que recogió la bandeja y la bajó.

Al llegar, vio que la comida en la mesa del comedor estaba casi intacta, y Margarita estaba ahí parada con cara de preocupación.

—¿Qué pasó?

Al verla bajar, Margarita forzó una sonrisa.

Si Federico comía un bocado menos, ella tenía que averiguar el porqué: si le faltaba sal a la comida, si no le había gustado, o si le pasaba algo.

Pero ahora...

—Es un adulto, no un niño chiquito. No tengo por qué rogarle.

Gloria subió las escaleras.

Margarita se quedó con la palabra en la boca. Soltó un suspiro y se dio la vuelta hacia el comedor para recoger las cosas.

Sin embargo, al voltear, se topó con Federico de pie en la puerta que daba al jardín. Tenía una mirada indescifrable.

—Señor, usted... ¡Ay!

Antes de que Margarita pudiera terminar la frase, Federico entró a zancadas, se cambió los zapatos en la entrada, agarró las llaves de su coche y se fue.

Gloria acababa de recostarse al lado de Lalo cuando escuchó el motor de un carro.

Se asomó a la ventana y solo alcanzó a ver la parte trasera del Maybach alejándose a toda velocidad.

De repente, sintió un nudo en el pecho, una presión extraña.

Esa noche, Federico no regresó a casa.

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