Gloria abrió los ojos de par en par, quedándose petrificada.
Federico levantó una ceja, mirándola.
—Tú... ¿qué tonterías dices? —balbuceó Gloria, sin sonar muy convincente.
—¿De verdad crees que estoy diciendo tonterías? Tú sabes muy bien la verdad.
Federico entrecerró los ojos.
El pequeño que sostenía en brazos se parecía cada vez más a él, ¡eran casi idénticos!
Gloria sintió un vuelco brutal en el pecho. ¿Cuándo pasó esto? ¿Ya lo sabía todo?
¿Quién había soltado la sopa?
—Hay cámaras de seguridad en la sala —dijo Federico con voz profunda—. Tú misma lo dijiste.
Gloria siguió su mirada. En la esquina superior derecha de la sala, la cámara de seguridad de trescientos sesenta grados parpadeaba con una luz roja.
Hacía un momento, frente a los esposos Mendizábal, había admitido de su propia boca que Lalo era hijo de Federico.
—Solo lo dije para que lo escucharan. ¿Ellos se lo creyeron y tú también? —Gloria recuperó un poco de confianza, se acercó y le quitó a Lalo de los brazos a la fuerza—. Aléjate de mi hijo.
Federico sintió el vacío en sus brazos y, antes de levantar la vista, vio que el baberito amarillo pastel de Lalo caía al suelo.
Lo atrapó con rápidos reflejos.
Gloria ya se había alejado con el bebé, manteniendo una distancia prudente de él.
Solo había sido algo captado por la cámara de seguridad; Federico no podía creer que el niño era suyo solo por un par de frases.
Aunque pensara así, Gloria no lograba quitarse ese nudo en el estómago.
A partir de ahora, tendría que mantener a Lalo lejos de Federico.
En casi dos meses, Lalo había crecido bastante; pasó de ser un arrugadito recién nacido a un bebé gordito y precioso.
Tenía esa ternura de bebé que le faltaba a Federico, pero sus facciones marcadas, cualquiera de ellas, se parecían a las de él.
¿Se parecería aún más a Federico cuando creciera un poco más y perdiera la grasa de bebé?
El plazo de un año de matrimonio parecía demasiado largo.


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