Extrañamente, esa combinación le sirvió como tranquilizante. La tensión se le disipó y el cansancio le ganó la partida, dejándola profundamente dormida a los pocos minutos.
En la recámara reinaba una paz absoluta, solo rota por el rítmico respirar del bebé y el suave compás del sueño de Gloria.
Federico movió un poco los párpados y la espió de reojo.
El cabello largo de Gloria estaba esparcido por toda la almohada. Tenía un ligero sonrojo en la piel blanca.
Estaba recostada en una postura que acentuaba todas y cada una de las curvas de su cuerpo.
De pronto, el pequeño Lalo dio un respingo, encogió los bracitos y las piernas, y se estiró soltando un leve quejido de recién nacido.
Sin siquiera abrir los ojos, Gloria estiró el brazo de manera instintiva, abrazó al bebé por los hombros y le dio unas palmaditas rítmicas.
Lalo se tranquilizó de inmediato y volvió a quedar sedado. Entonces, la mano de Gloria dejó de moverse.
Federico sacó su celular en silencio, les tomó un par de fotos y se las mandó por mensaje a Alicia.
No pasaron ni cinco segundos cuando le llegó la respuesta de su madre:
[Manda más].
Él bloqueó la pantalla, deslizó el teléfono bajo la almohada y se quedó ahí, contemplándolos en total silencio.
Pasadas las tres de la tarde, estalló la bomba.
Empezó a correr el rumor de que Gloria era la heredera perdida del Grupo Mendizábal y que había despreciado a su familia biológica.
Lucas no había perdido el tiempo. Encontró la manera de filtrarle el jugoso chisme a los medios.
Las redes sociales se inundaron de comentarios. Gloria, una mujer que no pertenecía al mundo de la alta sociedad pero que estaba metida hasta el cuello en los chismes de la élite, se volvió el tema del momento a nivel nacional.
Eso sí, Lucas no fue tan estúpido como para aventarse a la familia Córdoba encima. La versión oficial que dio fue que, como llevaban más de veinte años separados, la muchacha no sentía ningún tipo de apego hacia ellos y por eso había rechazado el reencuentro.
Todo ese cuento de que la tenían secuestrada y manipulada se lo guardó para sus chantajes a puerta cerrada.
De cara al público, la única villana del cuento era Gloria. La tachaban de fría, calculadora y malagradecida.
—Juraba que iban a lograr lavarte el cerebro para llevarte con ellos. —Federico dejó la laptop en la mesita, se levantó en un parpadeo y, antes de que Gloria supiera qué estaba pasando, ya le había arrebatado a Lalo de las manos para cargarlo él mismo.
—Yo lo único que pedía en esta vida era una familia normal. Y salta a la vista que esos señores están muy lejos de serlo.
Gloria siempre intentaba restarle importancia, pero el hecho de que su propia sangre la utilizara como moneda de cambio seguía siendo una realidad asquerosa.
Decir que "no eran una familia normal" era la excusa perfecta que ella usaba para no verse tan humillada ni patética frente a Federico.
Federico la observó un segundo.
—¿Quieres que les ponga un alto de una vez por todas?
Esos dos parásitos estaban resultando ser una verdadera piedra en el zapato. Al ver la carita redonda y suave del bebé que tenía en brazos, Federico sintió un impulso casi violento de acabar con las molestias lo antes posible.
—Tranquilo. No quiero causarle tantas molestias al señor Córdoba. —Gloria soltó la ironía de manera automática.
—¿"Señor Córdoba"? —Federico esbozó una media sonrisa, pero sus ojos estaban fijos en ella—. Gloria, soy el verdadero padre de este niño. ¿No crees que te estás pasando de formal con el trato?

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