—Señora Alicia, ¿se va a quedar a comer? ¿Qué le gustaría que preparáramos? ¡Puedo hacer un par de platillos más! —preguntó el ama de llaves en cuanto encontró la oportunidad.
Alicia torció el gesto y negó con la cabeza. —No.
—Pero si ya está aquí y casi es mediodía. No me tardo nada en preparar algo... —insistió el ama de llaves con entusiasmo.
Antes de que pudiera terminar, Margarita la jaló hacia la cocina. —Oye, ven conmigo, checa esta sopa.
El ama de llaves entró a la cocina sin entender nada. —¿No estaba lista ya la sopa?
—No le vayas a decir a la señora Gloria que la señora Alicia vino a ver al niño. Ellos tienen sus propios asuntos y es bastante complicado. El chiste es que la señora Gloria no sabe que ella viene, y si se entera, se va a armar un pleito —le advirtió Margarita en voz baja—. El señor te va a dar un bono extra en tu sueldo a partir de ahora, así que no vayas a abrir la boca de más.
—¿Ah, sí? —Al recordar el mensaje que acababa de enviar, el ama de llaves sintió un vuelco en el estómago. De inmediato agarró su celular y lo borró.
Por suerte, no habían pasado ni tres minutos, así que pudo eliminarlo a tiempo.
El problema era si Gloria ya lo había visto o no.
—¿Me escuchaste o no? —insistió Margarita, aún desconfiada.
El ama de llaves reaccionó y asintió. —¡Sí, te escuché! No diré nada, ¡te lo juro!
Margarita regresó a la sala.
Al poco rato, las ronchitas en el cuerpo de Lalo perdieron color y empezaron a desvanecerse, por lo que Alicia por fin dejó de hacer berrinche con llevarlo al hospital.
A las once de la mañana, Federico bajó las escaleras.
—Ya tiene que irse.
Esas simples palabras borraron de golpe el buen humor de su madre.
Alicia volteó a verlo con cara de pocos amigos. —¿El señor Muñoz viene mañana y rechazaste reunirte con él?

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