Reconoció ese anillo de inmediato. Era de Alicia.
El primer año que ella se casó con Federico coincidió con el vigésimo quinto aniversario de bodas de Alicia y Samuel Córdoba. Samuel le había comprado ese anillo a Alicia como regalo de aniversario.
Al ver que Gloria se quedó fijamente mirando hacia un punto en específico, el ama de llaves siguió su mirada. Pegó un brinco del susto y de inmediato le hizo señas a Margarita.
Margarita salió de la cocina, se quedó pasmada un segundo y luego agarró el anillo.
—Señora Gloria, este anillo es mío. La señora Alicia me lo regaló.
Diciendo esto, se lo puso en el dedo. Le quedaba a la medida.
—¿Ah, sí? —Gloria no se lo creía del todo, al fin y al cabo, esa joya tenía un valor sentimental importante.
Margarita sonrió y le explicó: —Lo que pasa es que, tiempo después de que el señor se lo comprara, resultó que la piedra no era de buena calidad. Así que le compró uno nuevo a la señora y ella me regaló este. Yo también pensé que no debía aceptar un regalo de aniversario, pero ya sabe que ella no soporta las cosas con defectos. Iba a ser una lástima tirarlo, así que me lo quedé.
Era cierto. Alicia jamás toleraría algo defectuoso.
—Pues guárdelo bien, no se le vaya a perder —dijo Gloria, restándole importancia al asunto.
—Aunque tenga sus defectos y la señora ya no lo haya querido, para mí es un tesoro. Entre cocinar y cuidar a Lalo, la verdad es que no me conviene traerlo puesto para hacer el quehacer. Ahorita nomás lo saqué para enseñárselo a mi compañera —añadió Margarita.
Dicho esto, se quitó el anillo y se fue a guardarlo a su cuarto.
—Señora Gloria, ¿por qué no sube a cambiarse? La comida ya está lista, ahorita mismo servimos.
El ama de llaves se acercó con la intención de cargar a Lalo.
Gloria le entregó al bebé y se levantó para ir al piso de arriba. —De acuerdo.
El tercer piso estaba en completo silencio. Se detuvo un momento al final de las escaleras y echó un vistazo hacia el cuarto de Federico.
La puerta de su habitación estaba cerrada a cal y canto.
Se dio la vuelta y entró a su propia recámara. Se quitó la ropa y agarró un pijama de tela ligera en tono rosa pastel que estaba sobre el sillón al pie de la cama.
Apenas terminó de desvestirse, y justo antes de ponerse el pijama, escuchó un ligero ruido a sus espaldas.
Gloria volteó y se topó de frente con Federico, quien estaba parado en la puerta del vestidor.


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