Federico tensó la mandíbula y de inmediato su expresión se volvió sombría.
—Si tiene algo que proponerme, señor Muñoz, hable claro.
La sonrisa de Muñoz se ensanchó.
Empujó la taza de té hacia Federico.
—Solo sentía curiosidad por su vida personal, pero obviamente no es mi intención meter las narices. Los masajistas de este lugar son de primera, le sugiero que se relaje un rato. Por ahora, mejor platiquemos sobre el proyecto del Consorcio Río Claro.
Federico le echó un vistazo rápido al té, levantó la taza con tranquilidad y le dio un sorbo.
Al verlo beber, la sonrisa de Muñoz se convirtió en una expresión de pura satisfacción.
—Tengo entendido que ese proyecto era de los Mendizábal. ¿No le parece una falta de respeto habernos metido a la fuerza? —preguntó Muñoz.
Lucas le tenía mucha fe a ese proyecto.
Con tal de quedar bien con Federico, le había preguntado si quería que unieran fuerzas para desarrollarlo juntos.
En ese momento, Federico ya lo había dejado solucionado.
Pero después, intervino sin avisar y le pasó el control total a Santiago.
Lucas había buscado al señor Muñoz en varias ocasiones para preguntarle si le estaban jugando chueco y robándole el negocio.
Fue entonces cuando Muñoz se dio cuenta de que Federico había usado una táctica para ponerlos en contra.
Si renunciaba al proyecto, significaba que Santiago era un inútil y perdería a su mejor hombre.
Pero si no lo dejaba, se echaría de enemigos a los Mendizábal, y sus oportunidades de controlar la filial de Río Alicante se irían por la borda.
—Si al señor Muñoz le parece una mala idea, tiene todo el poder para cancelarlo —respondió Federico.
Federico se recargó en su silla, totalmente relajado, cerrándole cualquier oportunidad de sacar ventaja.
Al ver que no podía acorralarlo, el señor Muñoz decidió cambiar de estrategia.
—Hay un dicho que dice que el alumno supera al maestro. Yo lo vi crecer, muchacho, y la verdad es que jamás imaginé que tendría más agallas que su propio padre.
Federico acarició el borde de la taza con el pulgar.
Bajo la atenta mirada del otro hombre, le dio otro sorbo a su bebida.
En cuanto la taza quedó a la mitad, Muñoz se apresuró a rellenarla.
—Bueno, bueno. El mundo de los negocios ahora le pertenece a los jóvenes, así que me haré a un lado. Solo espero que, de ahora en adelante, tenga un poco de paciencia con Mauricio y le enseñe un par de cosas.


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