Una hora después, la cena estaba lista en la mesa con varios platillos calientes.
Gloria y Federico se sentaron en extremos opuestos, con la carriola de Lalo justo en medio.
Federico se sirvió sopa, jaló la silla y, antes de que pudiera tomar los cubiertos, apareció una hoja de papel frente a él.
Reconoció la letra de inmediato; era de Gloria.
Fórmula, pañales, juguetes y el costo de las tres comidas al día. Todo convertido a una cantidad total en la parte inferior.
—Esto es lo que has gastado en Lalo estos días, más lo de la comida. Chécalo, y si todo está bien, ahorita te hago la transferencia.
A Gloria le pesó muchísimo ver esa cantidad.
De un momento a otro, se había quedado casi sin dinero.
Tampoco quería regresar a trabajar tan pronto; Lalo aún estaba muy chiquito.
Pero la necesidad obligaba.
La expresión de Federico se endureció.
—¿Me pediste que me apurara para enseñarme esto?
—Sí —Gloria asintió. Notó que él estaba un poco molesto y trató de explicarse—: No es nada grave. ¿O te hice bajar a lo tonto?
¿Acaso Federico pensaba que iba a hablar de algo muy serio sobre los Mendizábal?
¿Había dejado todo su trabajo tirado solo por esto?
—Para nada.
Federico miró detenidamente cada concepto anotado. Sí que lo había detallado bien.
Dejó el papel sobre la mesa y tamborileó la superficie con los dedos.
—¿Y por qué no cobraste el hospedaje?
Gloria se quedó pasmada.
—Y otra cosa, aquel día me esforcé bastante, ¿no me vas a dar una recompensa?
Las palabras de Federico la tomaron por sorpresa.
Gloria respiró hondo. Llevaba días intentando borrar esa noche de su mente.
Y él, con una sola frase, se lo acababa de echar en cara.
—¿No dijiste que estábamos a mano?
—Pensándolo bien, no estamos a mano. Salí perdiendo —replicó él.



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