Gloria habló con sinceridad:
—Ya firmé un acuerdo de confidencialidad. No voy a filtrar ningún secreto comercial de Holding Rivadeneira.
—¿Y si me niego rotundamente a que te vayas a Grupo Larrinaga?
En lo profundo de los ojos oscuros de Federico, ardía la furia. Su mirada era tan intensa que Gloria sentía nervios al hacer contacto visual, por lo que evitó mirarlo y no notó la emoción en sus ojos.
—Renunciar a Holding Rivadeneira para irme a Grupo Larrinaga es algo que decidí hace mucho tiempo. ¿Y hasta ahorita dices que no estás de acuerdo?
—Antes solo eras mi empleada, ahora eres la señora Córdoba —respondió Federico.
Si alguien se enteraba de que Gloria, la esposa de un Córdoba, iba a trabajar a Grupo Larrinaga, la reputación de Federico y de toda la familia Córdoba se iría por los suelos.
—Nuestro matrimonio es un secreto, nadie sabrá que soy la señora Córdoba. Trataré de resolver el asunto con los Mendizábal lo antes posible para divorciarnos pronto, no tendremos que esperar un año. Ese matrimonio solo era una farsa para asustar a los Mendizábal.
Era fácil decirlo, pero deshacerse de quitarse de encima a alguien tan insistente como Lucas no sería nada sencillo.
Federico se frotó el puente de la nariz, a punto de perder la paciencia. Se sostuvo la frente con los dedos y bajó la vista para que no se le notara nada.
Gloria apretó los labios, sin entender por qué Federico reaccionaba así.
—Puedes ir a trabajar a Grupo Larrinaga, pero no hay necesidad de que te vayas de Bahía Montero. Aquí estás segura. En cuanto a las cuentas pendientes... cuando se resuelva lo de los Mendizábal, las arreglaremos una por una. De eso me encargo yo.
Federico se recargó en el respaldo de la silla y apoyó una mano en el manubrio de la carriola.


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