En los días siguientes, aparte de cuidar a Lalo, Gloria se la pasó encerrada en su cuarto trabajando sin parar.
Aunque vivían bajo el mismo techo, solo veía a Federico de pasada en el comedor durante las comidas. Por las noches se encargaba sola de Lalo, y al despertar por las mañanas notaba las marcas de que alguien había dormido en el otro lado de la cama. El aire conservaba el aroma fresco y varonil de Federico. Sabía que él había estado ahí. Entraba después de que ella se dormía y se iba antes de que despertara.
En medio de tanto trabajo, una sensación extraña le oprimía el pecho a Gloria, dejándola con un nudo en la garganta. Todo era por culpa de Federico, pero no sabía cómo explicar lo que sentía.
Virginia aún no sabía que se habían vuelto a casar. Gloria quería platicarlo con alguien, pero no tenía con quién, así que se guardó todo para ella misma.
Ese día, tras regresar del club ecuestre, Virginia llamó a Gloria y se la pasó consolándola un buen rato:
—Tú tranquila, mi mamá sí se enojó, pero no me regañó. No tiene corazón para hacerlo.
Gloria le dijo que no pasaba nada, pero Virginia la llamaba a cada rato y le repetía lo mismo porque le preocupaba que Gloria se sintiera culpable.
—Te noto rara últimamente. ¿Sigues preocupada por eso? ¡Ya te dije que de verdad no me van a regañar!
—No es eso —la interrumpió Gloria—, es por el trabajo.
—¡Pero si todavía te faltan meses de incapacidad por maternidad! ¡No tienes por qué mortificarte por el trabajo ahorita! —exclamó Virginia.
—Planeo regresar el mes que entra.
Apenas terminó de hablar, se escuchó un grito al otro lado de la línea.
—¡Claro que no! ¡Lalo está muy chiquito, ahorita es cuando más necesita a su mamá! Si te vas a trabajar, ¿qué va a ser de él?
Virginia intentó detenerla con firmeza:
—Los hijos crecen rapidísimo, y esa etapa no vuelve. ¡Tienes que estar con él!
—Oye, solo voy a la oficina, no es como si lo fuera a abandonar. Aparte, es medio tiempo y me van a pagar el sueldo completo. ¿Por qué no habría de aprovecharlo?



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