—¿A quién estoy desechando? —Gloria acababa de recostarse, pero se volvió a sentar—. Eres tú el que no está respetando los términos de nuestro acuerdo.
Federico se sentó en la orilla de la cama.
—¿En qué cláusula dice que no puedo dormir contigo?
Gloria se quedó sin palabras.
Era cierto, el contrato no decía explícitamente que no pudieran compartir la cama, pero sí especificaba que su reconciliación era meramente contractual.
Un matrimonio por contrato significaba que no había sentimientos de por medio; era un simple trato de negocios.
—El acuerdo no solo no prohíbe que durmamos juntos, sino que tampoco menciona que estemos exentos de cumplir con nuestras obligaciones maritales —añadió él.
La expresión de Federico era relajada, pero tenía un toque de doble sentido.
—Sin embargo, esas cosas requieren el ambiente y el humor adecuados. Sé que andas estresada por lo de los Mendizábal, así que puedo esperar.
La última vez, la excusa fue arreglar el asunto con los Muñoz; él no aguantó más y ocurrió ese «accidente».
No hubo nada de romántico, solo se dejaron llevar por la atracción y el impulso.
Federico conocía cada rincón del cuerpo de Gloria a la perfección.
Así que, aunque para ella esa noche había sido un arranque impulsivo, la verdad es que también se había dejado llevar por el placer.
—Ya es tarde, a dormir —cortó Gloria, ignorando su insinuación.
Una vez que resolviera el tema con los Mendizábal, su prioridad sería divorciarse de Federico e irse lejos con Lalo.
La aparente tranquilidad de su vida diaria contrastaba demasiado con el caos que traía en la cabeza.
El silencio llenó la habitación, y poco a poco, solo se escuchó el sonido de sus respiraciones pausadas.
Esa noche, Gloria tuvo un sueño. Soñó con la fiesta del primer año de Lalo. Había reservado en un restaurante y había invitado a Virginia.
Pero, de la nada, Federico se aparecía sin estar invitado.
Y para colmo, Lalo le decía «papá» y se le echaba a los brazos para que lo cargara.
Junto con Federico, llegaba toda la familia Córdoba. Todos le llevaban regalos a Lalo, cosas con precios estratosféricos.
Luego, los Córdoba se sentaban a discutir con ella sobre quién debía quedarse con la custodia del niño, argumentando qué era lo mejor para él.
Cualquiera de las joyas que le habían regalado valía más de lo que Gloria ganaría en toda su vida.

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