Federico intentaba hacerle entender que debía dejar de dividir los gastos al milímetro, como si fueran dos extraños.
Gloria apretó los labios. Aunque sus palabras tenían sentido, su matrimonio era por contrato. Esa palabra, "contrato", estaba grabada a fuego en su mente. Sobre todo porque Lalo "no era" su hijo biológico. No podía sentirse tranquila dejándole toda la carga económica del niño.
—Yo... por favor, no vuelvas a comprar cosas tan caras en el futuro.
Sin importar cuáles fueran las intenciones de Federico, Gloria no quería que algo así volviera a suceder.
Los ojos oscuros de Federico se ensombrecieron.
—Gracias.
Tras soltar esa palabra, Gloria le quitó las etiquetas a la ropa y se dirigió a lavarla.
La mayordoma, que había estado observando desde un rincón, se acercó rápidamente para quitarle las prendas.
—¡Ay, Gloria, deja que yo lo lave!
—No te preocupes, yo me encargo. —Gloria no soltó la ropa.
La mayordoma forcejeó con ella hasta el balcón, y finalmente logró arrebatarle las prendas.
—Gloria, hay algo que he querido decirte desde hace mucho tiempo.
La mayordoma echó un vistazo a la sala. Al ver que Federico no estaba prestando atención, cerró la puerta del balcón.
—¿Qué pasa? —Gloria también miró en esa dirección y solo alcanzó a ver la espalda de Federico.


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