—Samuel… más despacio…
El ruego, cargado con un sollozo lastimero, no despertó la compasión del hombre. Al contrario, pareció avivar su ferocidad.
La camisa negra del hombre estaba desgarrada, dejando al descubierto un pecho ancho y bien tonificado.
Su aroma amaderado, limpio, ahora, bajo el efecto de alguna sustancia, se había vuelto abrasador.
Aitana Lucero sintió que la cintura se le partía en dos.
Justo cuando su conciencia se desvanecía en un torbellino de confusión, la escena cambió de golpe.
Aitana se vio a sí misma, completamente sola, sobre una fría mesa de operaciones.
Alguien gritaba con desesperación junto a su oído.
—¡La señora se está muriendo, necesitamos una transfusión ya!
El médico a cargo del parto le ordenó a una enfermera con urgencia:
—¿Dónde está el director Galindo? ¡Necesitamos que firme el consentimiento para la paciente en estado crítico, traigan al padre del bebé ahora mismo!
—No es posible. El asistente del director Galindo dijo que su hermana está hospitalizada y él está en el hospital de al lado, acompañándola…
Un estruendo ensordecedor retumbó.
Un relámpago cruzó el cielo, iluminando la habitación por completo.
En el gran espejo de cuerpo entero, se reflejó un rostro exquisitamente bello, pero pálido y sin fuerzas.
—¡Ah!
Aitana soltó un grito ahogado.
Abrió los ojos de golpe, se sentó en la cama con la espalda recta y, con una expresión de pánico, se llevó una mano al pecho mientras jadeaba en busca de aire.
Otra vez esa pesadilla.
Desde aquella noche de locura con Samuel Galindo un mes atrás, Aitana sufría de pesadillas recurrentes, y el contenido era siempre el mismo.
La escena del sueño era demasiado absurda. Si fuera real…
Aitana apretó los puños con fuerza.
Tenía que encontrar una manera de comprobarlo.
La misma respuesta que en su sueño; incluso el tono indiferente de Samuel era idéntico.
Aitana y Samuel estaban comprometidos. Un acuerdo de la infancia, arreglado por sus padres, entre familias de igual estatus.
Pero cada vez que surgía una situación así, Samuel nunca la favorecía a ella. Siempre se inclinaba por su hermana.
Aitana se llevó una mano al pecho bruscamente. Un escalofrío recorrió su cuerpo y, sin darse cuenta, retrocedió un par de pasos hasta chocar contra la pared helada.
La verdad que se había negado a enfrentar durante el último mes estaba ahora frente a sus ojos, haciéndola sentir como una completa idiota.
—Aitana, ¿qué haces aquí? —De repente, una voz familiar, fría y sensual, sonó sobre su cabeza. Instintivamente, levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron con los de Samuel, rasgados y penetrantes.
Samuel vestía una camisa blanca entallada, con las manos metidas con desenfado en los bolsillos. Hombros anchos, cintura estrecha, una figura imponente.
Rasgos marcados, una mirada honda y un lunar bajo el ojo que, pese a su frialdad, le sumaba un encanto peligroso.
Samuel enarcó una ceja y la miró desde arriba. El ligero movimiento de su cabeza al bajar la vista proyectaba un aura de autoridad natural y distante.
Aitana sintió que le temblaban los labios mientras observaba, con una mezcla de emociones, al hombre distinguido y frío por el que había suspirado durante diez años.

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