—En cuanto a la transición de mis responsabilidades, procederemos como sea necesario.
Al ver la insistencia de Aitana, que no parecía un simple berrinche de pareja, a Orlando le dolió la cabeza de solo pensarlo.
Pero él no era más que un empleado. No podía ofender al director general, y tampoco a la futura esposa del director.
Orlando suspiró resignado. —Está bien, entonces iniciaremos el proceso. La transferencia de sus funciones tomará al menos un día.
»Por hoy, regrese a su puesto. Para el final del día, ya deberíamos tener una resolución.
Aitana no quiso complicarle las cosas.
Había presentado su renuncia de improvisto, y era lógico que la empresa necesitara tiempo para la transición.
—De acuerdo —asintió.
Era la hora del almuerzo. Salió de la oficina con Orlando, con la intención de ir a comer algo a la cafetería.
Pero no habían dado ni dos pasos cuando se toparon con Samuel, que venía acompañado de Melisa.
Orlando se interpuso instintivamente entre Aitana y ellos, por lo que Samuel no la vio al principio.
De repente, se escuchó su voz, grave y seductora, con un matiz de frialdad.
—Señor Orlando.
La expresión de Samuel era indiferente. —Qué oportuno. Ayúdela con su ingreso a la empresa.
—¿Ah? —exclamó Orlando, sorprendido, pero reaccionó rápido—. Ah, sí, claro.
»Director Galindo, ¿a qué departamento se incorporará?
—Al de secretaría.
Los fríos ojos de Samuel se posaron en Melisa, que sonreía a su lado. —Como secretaria de dirección.
—...
¡¿Qué?! Orlando sintió que le faltaba el aire.
«¡No puede ser!», pensó. El director Galindo en persona traía a su nueva secretaria de dirección.

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