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Entre el Sueño y la Traición romance Capítulo 3

Tras pronunciar esas palabras en voz baja, Aitana sintió cómo el hombre distinguido y frío frente a ella se tensaba visiblemente.

Samuel bajó la mirada hacia ella. Sus ojos negros, profundos y afilados como la noche, parecían haber sido engullidos por la oscuridad, dejando solo un vacío gélido y devorador.-

Durante años, Aitana había sido caprichosa y había hecho berrinches, peleando con él en innumerables ocasiones.

Pero esta era la primera vez que hablaba de romper el compromiso.

Samuel se dio cuenta de que, esta vez, Aitana estaba realmente furiosa.

Sus ojos fríos brillaron por un instante, y con su voz grave y fría, preguntó lentamente:

—¿Solo porque vine al hospital a acompañar a Meli y le di el collar?

—¿Y te parece poco? ¿Qué más quieres? —le espetó Aitana, con un sarcasmo creciente en la mirada—. ¿Acaso necesitas que los pesque en la cama, señor Galindo?

El rostro de Samuel se ensombreció de nuevo. Una sombra de ira tiñó sus ojos oscuros; la actitud de Aitana le parecía absurda, un capricho sin sentido.

La voz débil y suave de Melisa intervino en el momento justo, con un tono de sorpresa.

—Aita, ¿cómo puedes pensar algo así?

—Entre mi hermano y yo solo hay un cariño fraternal. Eres tú la que está malinterpretando las cosas. Y no solo porque ahora estoy casada y tengo un hijo; aunque no fuera así, mi hermano y yo… cof, cof…

Melisa frunció el ceño delicadamente, cubriéndose la boca mientras tosía hasta enrojecer, con una expresión de leve reproche.

Miró a Aitana con aire de resignación, como si estuviera tratando con una niña caprichosa que armaba un escándalo por nada.

—Melisa, ahórrate esa fachada de santurrona y no intentes darme lecciones.

Aitana soltó una risa fría, desenmascarando su teatro.

—¿Te atreves a que un médico te revise ahora mismo para ver si de verdad tuviste una recaída?

—Ya veremos si no te arrepientes.

La despedida entre Aitana y Samuel fue de todo menos amistosa. Se quedó sola en el pasillo del hospital, y el penetrante olor a desinfectante le revolvió el estómago.

Una oleada de náuseas la invadió, y no pudo evitar una arcada.

Se dobló por la mitad, incapaz de enderezarse, mientras unas lágrimas asomaban a sus ojos. Tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

Aitana lo sabía. Ella y Melisa eran como dos rosas floreciendo en Santa Cruz del Oro.

Melisa, la rosa blanca, era gentil, elegante, inteligente y bondadosa, admirada y cortejada por todos en la alta sociedad, un ideal de pureza inmaculada.

En comparación, ella era la rosa roja, caprichosa y arrogante, con la cabeza llena de romance, siempre corriendo detrás de Samuel como una sombra. Una rosa llamativa y llena de espinas.

Tras diez años de humillarse por él, Aitana se había convertido en el hazmerreír de todo Santa Cruz del Oro. La despreciaban en su círculo, y a sus espaldas, había soportado incontables miradas de desdén y burlas.

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