El rostro de Alba se sonrojó mientras explicaba en voz baja:
—Esa… esa noche estaba borracha y me equivoqué de habitación sin querer.
—No… no fue a propósito que me metí en tu cama…
La voz de la chica era suave y dulce, lo que la hacía parecer aún más vulnerable.
Los dedos de Diego, elegantes como el jade, tamborilearon sobre el volante.
—¿Y por qué debería creerte?
Al ver que la malinterpretaba, Alba no pudo evitar insistir:
—¡De verdad que no fue a propósito!
—Esa noche fui a la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga y, jugando, bebí de más.
—Mi amiga me había reservado la habitación 502, pero yo me confundí y leí 520 en lugar de 502, por eso me equivoqué.
—Además, ¿por qué no cerraste bien la puerta? ¡Con solo empujarla, entré!
Diego frunció el ceño. ¿Por qué no había cerrado bien la puerta?
Él tampoco lo sabía. También estaba borracho y, al entrar en la habitación, no se había asegurado de que la puerta estuviera cerrada.
Alba lo pensó un momento y, cuanto más lo pensaba, más sentía que ella había salido perdiendo.
—Además, yo estaba borracha y no me enteraba de nada. Fuiste tú el que se aprovechó de que estaba ebria…
Diego la miró de reojo.
—¿Cómo? ¿Ahora resulta que yo me aproveché de la situación?
—¿Acaso no es así? —replicó Alba.
—Tú fuiste la que se me abrazó. Soy un hombre normal, no podía quedarme indiferente.
Además, él también estaba borracho y su autocontrol era un poco más débil.
Alba se quedó sin palabras.
La verdad es que no recordaba quién se había abalanzado sobre quién. Cuando recuperó la conciencia, ya estaba debajo de él, y la había poseído una y otra vez. Por más que le suplicó, no la dejó en paz.
Alba se mordió el labio.
—En fin, lo de esa noche fue un accidente. Finjamos que no pasó nada.
—No te preocupes, no te voy a molestar ni te voy a pedir que te hagas responsable de mí.
Después de soltarlo todo de golpe, levantó la vista y se dio cuenta de que el hombre, de rostro frío y apuesto, no parecía muy contento.
—¿Tomaste la pastilla del día siguiente? —preguntó Diego con frialdad.
Alba se quedó perpleja por un momento, luego asintió.
—Sí… sí, ya la tomé.


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