Alba se quedó helada.
—¿Tengo… tengo que quitarme los pantalones?
Diego respondió con total seriedad:
—Si no te quitas los pantalones, ¿cómo voy a saber si es grave lo que tienes ahí abajo?
Tenía razón.
—Pero es que yo…
Alba se retorcía, sin querer moverse.
¿Cómo iba a hacer algo así delante de un hombre?
—Rápido.
Ante la mirada imperativa del hombre, Alba cedió.
Se levantó obedientemente y, muy despacio, se acostó en la camilla.
No paraba de repetirse a sí misma: «Es solo un médico, no es para tanto. Cada día, los doctores revisan a decenas de pacientes como yo, ya están acostumbrados. Es parte de su trabajo, no tengo por qué sentirme así».
Mientras pensaba, una sombra se cernió sobre ella, acompañada de una voz grave y fría.
—Quítate los pantalones y abre las piernas.
El corazón de Alba dio un vuelco.
Levantó la vista y vio al hombre de pie frente a ella, a contraluz.
Sus rasgos profundos y definidos, y su mirada insondable, le daban un aire misterioso.
De repente, Alba se sintió totalmente acorralada, sin escapatoria alguna.
Sacudió la cabeza rápidamente. «Qué extraño, ¿por qué estoy teniendo ideas tan terribles?».
—Quítate los pantalones.
—Doctor, ¿podría darse la vuelta?
El hombre no se inmutó. Su rostro, distinguido y frío, no admitía negativas.
—Quítatelos.
—Doc…
—¡Ahora!
Finalmente, Alba, tragándose la vergüenza y bajo la mirada ardiente del hombre, se bajó lentamente los pantalones.
La piel de la chica era delicada y blanca, y su ropa interior de un blanco puro la hacía parecer aún más inmaculada.
Tan inmaculada que provocaba un deseo irrefrenable de profanarla.
Diego contempló a la hermosa joven y su voz se tornó extrañamente ronca. Sintió la garganta seca, como si estuviera en llamas, y una sed insaciable.
—También la ropa interior.
Alba, abrumada por la vergüenza, se quedó inmóvil.
Diego, al ver su reacción tímida, su mirada se oscureció aún más.
—¿O prefieres que te ayude a quitártela?
—¡No, yo puedo sola…!
Finalmente, Alba, muy despacio, se quitó la ropa interior.
En ese momento, su cara estaba completamente roja, e incluso la base de su cuello se había teñido de un tono rosado.
Parecía una manzana roja, madura y apetitosa.
No pudo evitar quejarse para sus adentros: «Qué doctor tan prepotente y abusivo. ¿Desde cuándo un médico se ofrece a quitarle la ropa a un paciente? ¡Cuando salga de aquí, voy a poner una queja en su contra! Una queja por su mala actitud».
—Doctor, ¿es… es grave?
—No está tan mal.
Diego retiró lentamente las manos, se quitó los guantes y fue al lavabo cercano para desinfectarse. Mientras lo hacía, dijo:
—Te recetaré una pomada antiinflamatoria. Aplícala durante unos días, hasta que la inflamación desaparezca.
Tras una pausa, se giró para mirarla y le advirtió, palabra por palabra:
—Y escucha bien, hasta que la inflamación haya desaparecido por completo, no puedes volver a tener relaciones sexuales.
Alba se quedó en silencio.
Al no recibir respuesta, Diego insistió:
—¿Entendido?
—Oh —respondió Alba, con la cara roja como un tomate.
Diego asintió con un leve «mm».
—Ponte los pantalones y levántate.
Alba se vistió, corrió la cortina y se dispuso a salir.
Al levantar la vista, se dio cuenta de que había otra persona con bata blanca en la habitación.
Era la ginecóloga con la que originalmente tenía la cita.
La doctora estaba de pie frente al hombre, regañándolo con el ceño fruncido.
—Mocoso insolente, ¿quién te dio permiso para atender a mis pacientes mientras no estaba?
Al ver a Alba salir de detrás de la cortina, la doctora le sonrió a modo de disculpa.
—Ay, muchacha, lo siento mucho. Él es mi hijo. Fui un momento al baño y le pedí que te echara un ojo, pero no me imaginé que se atrevería a atenderte él mismo.

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