Eran demasiados mensajes, e incluso algunos tuvieron el atrevimiento de llamarla directamente para curiosear. Harta de tener que dar explicaciones, Elara publicó un estado en sus redes sociales: "Nuestros caminos se separan aquí. De ahora en adelante, mi única prioridad somos mi hija y yo".
Sin victimizarse, sin insultos y sin dramas. Una simple declaración de hechos.
La publicación logró calmar las aguas un poco, pero no pasó mucho tiempo antes de que recibiera una llamada de su madre, Elena Rosales.
Elara miró la pantalla con aprehensión. Dudó varios segundos antes de contestar.
—Mamá...
—¡Borra esa estupidez ahora mismo! —le gritó Elena sin dejarla terminar—. Vas a ir a poner la cara por Dylan. Dirás que todas esas fotos son un montaje, que alguien los está difamando y que su matrimonio es más fuerte que nunca. Si lo apoyas en este momento, te lo agradecerá eternamente. Aunque en el futuro no le des un hijo varón, tu lugar como la señora Lucero estará más que asegurado, ¡nadie te lo podrá quitar!
A pesar de que su madre ya le había dejado clara su postura en ocasiones anteriores, escuchar esas palabras siguió doliéndole en el alma.
Hasta los perfectos desconocidos en internet se compadecían de ella, la animaban y le aplaudían por dejar a ese desgraciado. Y sin embargo, la mujer que le había dado la vida, su propia sangre, la trataba peor que a un objeto. A Elena le importaban un bledo los sentimientos de su hija; solo quería que encubriera al marido infiel a toda costa.
Elara había invertido su alma entera en construir un hogar, pero Dylan la pisoteó con sus engaños. Le había entregado el corazón en bandeja de plata a sus padres, pero para ellos, ella no valía nada frente a los billetes.
*¿Acaso no merezco que alguien me quiera? ¿No merezco una familia de verdad?*
—¡Te estoy hablando! ¿Te comieron la lengua los ratones? —chilló Elena, sacando a Elara de sus pensamientos.
Elara apretó el celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Ya presenté la demanda de divorcio.
—¿Qué? ¿Demanda de divorcio? ¿Estás mal de la cabeza? ¡Ya le dije a toda la familia que no te ibas a divorciar! Si sigues adelante con esa locura, ¿cómo voy a dar la cara ante los demás?
Una oleada de amargura le quemó el pecho a Elara. Para Elena, su reputación y el qué dirán de los vecinos valía más que el sufrimiento y la felicidad de su hija.

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