El hombre no levantó la voz ni parecía enojado, pero su mirada helada desprendía una presión autoritaria. Su imponente aura de poder inundó todo el pasillo en cuestión de segundos. Los periodistas, que apenas unos momentos antes hervían de emoción, sintieron un escalofrío recorrerles la espalda. Sus ganas de irrumpir en la habitación se desvanecieron al instante.
En su interior calculaban los riesgos: si entraban desafiando a Renato y lograban la exclusiva, sus carreras despegarían hacia la cima; pero si no encontraban nada y se ganaban el odio del titán más poderoso de la Capital, no solo arruinarían su propio futuro, sino que arrastrarían a las cadenas de medios para las que trabajaban. Sería una desgracia absoluta.
Era una apuesta de alto riesgo. Si ganaban, la gloria total; si perdían, la ruina absoluta.
Se produjo un murmullo entre la multitud. La mayoría de los periodistas dudaron y comenzaron a retroceder.
Al ver que los medios estaban siendo ahuyentados, Isabel supo que las cosas iban mal. Si se iban, ¿cómo se esparciría la noticia del escándalo? Habían bloqueado la puerta para que nadie saliera; esa mujer no podría escapar hoy.
Sonriendo, miró a Renato.
—Renato, ahora que este asunto ha causado tanto revuelo, lo mejor sería dejar que todos entren a echar un vistazo, así se calmarán los rumores.
Los labios de Renato dibujaron una sonrisa extremadamente fría. Sin decir nada, dio un paso a un lado para dejar libre la entrada.
Isabel entró primera.
Unos pocos periodistas adictos al riesgo, reacios a perder aquella oportunidad de oro, alzaron sus cámaras y la siguieron al interior de la suite.
Isabel revisó habitación por habitación, pero no encontró ni la sombra de otra persona. El corazón se le hundió. ¿Dónde estaba?
¿Cómo podía no haber nadie?
La había estado buscando toda la noche, ¿acaso todo había sido en vano?
¿Sería que el mensaje anónimo era falso?


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