Dylan no tuvo reparos en decir la verdad:
—Apenas llevaba un rato en Solsepia cuando me enteré de que te habías desmayado tratando de salvar a alguien. Volví de inmediato sin pensarlo dos veces.
Elara estaba confundida.
—¿Cómo te enteraste?
—La noticia de lo que hiciste corrió como la pólvora en internet.
Conque era eso. Aun así, ella no quería tener nada más que ver con él.
—Estoy bien, solo son unos raspones. Ya puedes irte.
Dylan la miró fijamente, con una intensidad oscura en los ojos.
—Solo nos divorciamos, Elara, no cortamos todos los lazos. Marta tiene que quedarse cuidando a Valentina, y tú no puedes estar en el hospital completamente sola. Si algún día me pasara algo, ¿tú me dejarías tirado?
*Sí.*
Porque él tenía a Viviana Lucero, a Don Leonardo, a Luciana, e incluso a Nina Salinas. La última persona que tendría que cuidarlo sería su exesposa.
Pero sabiendo que él había volado miles de kilómetros solo para asegurarse de que ella estuviera bien, decir eso sonaba demasiado cruel.
Por eso, Elara optó por el silencio.
Al ver que no respondía, Dylan asumió que seguía negándose a que él se quedara, así que continuó:
—Tranquila, tengo muy claro en qué punto estamos. Me quedaré estrictamente en calidad de amigo. Ya hablé con los doctores, dicen que mañana te darán el alta. En cuanto salgas, yo me iré.
Ya que lo ponía de esa forma, a Elara le pareció innecesario seguir insistiendo.
—Como quieras.
Satisfecho por haber evitado que lo corriera, una ligera sonrisa se dibujó en los labios de Dylan.
—Te traje algo de cenar, pero ya debe estar frío. Voy a calentarlo. —Dicho esto, se levantó y fue a preparar la comida.
En el pasillo del hospital.

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