— Última oportunidad, Pedro — dice Miguel, su voz cargada de advertencia, sus ojos fijos en los de Pedro. — Muy bien, tomaré tu silencio como una aceptación de mi propuesta. Como dije, si ganas, la libertad y el dinero serán tuyos — reafirma, dándole a Pedro esperanzas de poder librarse de la deuda de más de doscientos mil dólares.
— Si pierdo… ¿qué sucederá? — pregunta Pedro, su voz casi un susurro impregnado de miedo, usando su último rastro de conciencia, aunque el alcohol en su cuerpo embote su sentido del peligro.
Miguel sonríe de manera depredadora, su expresión revela satisfacción ante las reacciones del humano frente a él, alimentando a su lobo con la desesperación reflejada en las facciones humanas.
— Entregarás a tu hija para mí. Ella se convertirá en mi esclava — dice Miguel fríamente.
Pedro traga saliva, las palabras frías resuenan en sus oídos, pero pronto son silenciadas por el rápido latir de su corazón, la adrenalina corre de nuevo por sus venas, y la emoción de poder jugar una vez más domina su mente, cegándolo ante las consecuencias de otra derrota.
— ¿Te gusta el póker, Pedro? — pregunta Miguel, mientras toma un sorbo de su whisky importado.
— Mi juego favorito — responde, acomodándose en la silla.
— Excelente — con un chasquido de dedos, Miguel hace una señal a uno de los betas que trabaja como crupier en el casino, quien se acerca con una baraja sellada en sus manos y se coloca en la cabecera de la mesa.
Pedro mantiene la vista fija en las cartas que se deslizan entre los dedos hábiles del crupier, observando cada movimiento con emoción y determinación, olvidando completamente que fue en estas mesas donde perdió todo, incluida la pequeña casa donde vive con su única hija.
La sala parece encogerse, el sonido de las fichas y los murmullos de fondo se vuelven un eco distante, mientras él se concentra solo en las cartas que están a punto de liberarlo de las deudas.
O eso creía él.
El crupier reparte dos cartas boca abajo a cada jugador y empieza a revelar las cartas comunitarias en el centro de la mesa. El corazón de Pedro late desacompasado, cada carta revelada aumenta la tensión.
— Vamos, Pedro, muéstrame lo que tienes — provoca Miguel, su voz baja y cargada de una fría confianza, sus ojos atentos a cada movimiento de su objetivo.
Pedro respira hondo, sus manos sudorosas sujetan las cartas con fuerza.
~
— Has perdido, Pedro — anuncia Miguel, su voz llena de triunfo después de la tercera derrota consecutiva de Pedro.
La confirmación golpea a Pedro como un golpe físico. Siente el suelo desaparecer bajo sus pies. Todo lo que tiene, todo por lo que ha luchado, está perdido.
— ¿Qué he hecho?... — murmura, la voz cargada de culpa y desolación. — He perdido… — Pedro se habla a sí mismo, su voz ahogada por el nudo que se forma en su garganta.
La sala parece girar a su alrededor, y se agarra a la mesa para mantenerse en pie. Finalmente, toma conciencia de que ha cruzado todos los límites. El remordimiento y la culpa por lo que acaba de hacer lo consumen.
— Yo… no puedo creerlo… mi hija… — murmura Pedro, su voz vacilante, el desespero apoderándose de él.
Miguel lo observa con una mezcla de diversión y desdén.
— Sabías que la suerte nunca estuvo de tu lado, Pedro. Se honesto, querías deshacerte de tu hija — lo acusa Miguel fríamente, disfrutando del desespero del humano.
Las palabras de Miguel resuenan en la mente de Pedro, mareándolo. Sabe que no es cierto, su única hija es el único tesoro que tiene.


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