Apretó los labios por puro instinto.
Llevaba tres años intentando borrar ese nombre de su vida.
—Voy a contestar —Liam tomó el teléfono y se alejó mientras hablaba.
Amaya clavó la mirada en los cubiertos, apretando su vaso de agua sin darse cuenta.
Hacía tres años que Gael se había ido.
Tras su partida, ella estuvo a punto de no poder graduarse. Emiliano le gritó que era una inútil y que no era digna de llevar el apellido Lozano.
Desde ese día, Gael jamás la volvió a buscar. Desapareció como si la tierra se lo hubiera tragado.
Amaya bajó la vista, deslizando el dedo por el borde de la copa.
Recordaba que Gael y Liam habían ido a la misma universidad, pero siempre se la pasaban peleando, como perros y gatos. Incluso en las reuniones de ambas familias, Liam prefería la compañía de Mateo Lozano, el hermano mayor, y evitaba a Gael a toda costa.
¿Por qué seguían en contacto?
Una vez que esa duda se instaló en su cabeza, la sombra de Gael volvió a enraizarse. Por más que intentaba sacudirse ese recuerdo, se aferraba a su mente.
Amaya soltó un largo suspiro, se levantó y se dirigió al baño.
Al pasar por el pasillo, escuchó la voz de Liam a la vuelta de la esquina. Ya había terminado su llamada y ahora conversaba con otro hombre.
—¿Con quién estás cenando? ¿Es Amaya Lozano, la de esa familia? ¿Cómo es que terminaste enredado con ella? —le preguntaba el sujeto, claramente intrigado.
Liam no intentó ocultarlo.
—Nos conocimos en una cita a ciegas.
—¿Cita a ciegas? ¿Y te gustó? Digo, la chica es guapa, pero no deja de ser de origen humilde. Llegó a esa casa porque su madre supo trepar desde abajo. Conozco a ese tipo de mujeres: generación tras generación buscan asegurar su futuro agarrándose de la mejor opción posible. No tienen escrúpulos. Ten cuidado de que no se te pegue como sanguijuela.
La mandíbula de Liam se tensó. Sus ojos oscuros parecían dos pozos sin fondo, pero en sus labios se dibujó una sonrisa despectiva.
—Es solo para darle gusto a mi familia, no importa.
Amaya se quedó paralizada en el pasillo durante un par de segundos. Luego, levantó la mirada hacia el techo.
Estaba cubierto de luces deslumbrantes, diseñadas para simular un cielo estrellado. Era una ilusión hermosa, pero falsa.


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