De pronto, a Valeria se le ocurrió algo y se apresuró a advertirles.
—Papá, Alba todavía tiene las acciones que le dejó el abuelo... ¿Y si las vendió? ¿Tal vez por eso tiene dinero?
No era una posibilidad descabellada.
—¡No se atrevería! —gritó Eduardo.
—Papá, de todos modos hay que hacerla venir, obligarla a entregar las acciones y luego cortar lazos con ella —propuso Isaac.
—Busquen a alguien que investigue dónde está viviendo ahora. Tienen que encontrarla —ordenó Eduardo, con voz grave.
—Sí, mandaré a alguien de inmediato —asintió Isaac.
—Suficiente, dejemos de hablar de esa ingrata. Vale, prepárate bien para la cena benéfica del sábado —intervino Sara.
—Entendido, mamá —asintió Valeria.
De hecho, ese había sido el motivo de su salida aquel día.
No se esperaba encontrar a Alba y arruinar sus planes.
Pero ahora que era la única señorita de los Moreno, iba a prepararse para deslumbrar a todos.
Al volver a su habitación, Valeria fingió que se le escapaba comentar lo que había visto y oído ese día con Patricio Quintana.
Mientras tanto, en la casa de los Quintana, todo era un caos.
Como Patricio había huido de la fiesta de compromiso, todo el evento se había ido a la basura.
Ahora Alba insistía en cancelar el compromiso y, según los rumores, se había peleado con su familia. ¿Qué iban a hacer?
Al recibir el mensaje de Valeria, el rostro de Patricio se ensombreció.
*¿Qué demonios pretende Alba?*
Al verlo así, Rodrigo bufó con frialdad.
—¿Ahora sí te preocupas? Cuando te largaste de la fiesta, ¿no pensaste en las consecuencias? ¡Nos has dejado en vergüenza!
Norma también suspiró.
—Patricio, ¿qué estás pensando? Esa muchacha, Alba, puede que tenga un carácter difícil, pero al menos es la hija legítima de los Moreno, y tú...

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