Tras salir de la sala de descanso, Norma se dirigió rápidamente hacia donde estaba Sara.
No fue directamente hacia ella; primero se detuvo en la zona de bebidas cercana y se sirvió una copa de vino tinto.
Mientras bebía tranquilamente, iba calculando el tiempo en su cabeza.
Asumió que Valeria ya debía haber metido a Alba en la habitación, pero consumar el hecho tomaría algo de tiempo.
Por eso decidió esperar un poco más de media hora antes de acercarse; eso le parecía el margen perfecto.
Cuando calculó que el tiempo era el adecuado, comenzó con su actuación.
A lo largo del camino, fingió caminar con paso apresurado y rostro de pánico. Al ver a Sara, Norma corrió hacia ella y le dijo con tono alarmado:
—¡Ay, Sara! No sé qué le pasa a Patricio, de repente se volvió loco y está gritando sin parar en la sala de descanso.
—No deja de gritar el nombre de Alba. Ya no sé qué hacer, tengo miedo de que cometa una locura. ¿Podrías acompañarme a verlo?
Sara, que justo tenía ganas de ir a una sala de descanso para retocarse el maquillaje y reposar, la vio tan alterada que intentó calmarla:
—¿No será porque está borracho? Nunca me imaginé que le importara tanto mi hija.
Norma no perdió la oportunidad y le siguió la corriente:
—Hoy tomó muchísimo alcohol. Además, con lo mal que terminaron las cosas con Alba hace un rato cuando lo golpeó, seguro se sintió triste y por eso bebió de más.
—El alcohol se le debió subir a la cabeza. Al fin y al cabo, sus sentimientos por Alba son sinceros. Se reconciliarán pronto; ya sabes cómo son los jóvenes, les encanta pelearse por tonterías.
—De acuerdo, vamos. Justo quería ir a sentarme un momento.
Sara no sospechó nada y caminó junto a ella.
Al fin y al cabo, era la fiesta de cumpleaños de Valeria, no su propio evento, por lo que no tenía necesidad de quedarse plantada en el salón principal.
—Patricio, vi que no te sentías bien y entré a preguntarte qué te pasaba, pero tú... tú me...
Valeria levantó lentamente la cobija. La suave tela se agrupó poco a poco bajo su barbilla, ocultando estratégicamente la mitad inferior de su delicado rostro.
Solo dejó a la vista sus ojos enrojecidos, húmedos y brillantes.
En su mirada se mezclaban la timidez y la incomodidad de una chica joven, junto con un rastro de terror y angustia imposibles de describir.
Se quedó mirándolo fijamente. Aunque sus ojos parecían los de una víctima asustada, en el fondo transmitían una presión abrumadora.
Al escucharla hablar y ver su expresión, ¡Patricio sintió que la cabeza le iba a estallar en mil pedazos!
Admitía que, de vez en cuando, cuando salía a cenar a solas con Valeria o intercambiaban mensajes, había un poco de coqueteo entre ambos.
Pero se consideraba un hombre respetable; nunca había tenido la verdadera intención de llevarse a Valeria a la cama.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada