Mansión de la familia Moreno.
Desde que Valeria fue dada de alta y regresó a la casa, Sara la trataba como a la realeza.
No solo la llenaba de manjares y comodidades, sino que la abrumaba con atenciones. Se notaba que la adoraba más que nunca.
—Mamá, no tienes que estar encima de mí todo el día. ¿Por qué no te vas a tomar un café con tus amigas? —sugirió Valeria con esa voz suave y comprensiva que caracterizaba su papel de hija ejemplar.
—Ay, mi amor, quedar con ellas es facilísimo, pero también aburre hacer lo mismo todos los días. Con lo raro que es tenerte en casa todo el tiempo, prefiero quedarme charlando contigo, de mujer a mujer.
Sara suspiró al decir esto, imaginando lo hermoso que sería su futuro rodeada de hijos atentos.
—Definitivamente, tener hijas es una bendición. Ustedes son un tesoro —añadió con nostalgia.
Al escuchar eso, Valeria no perdió la oportunidad de clavar el dardo con sutileza:
—Totalmente de acuerdo. Ojalá Alba fuera así de considerada. Hace tanto que no la veo.
—Sería maravilloso que dejara su terquedad y volviera a casa. ¡Estaríamos todos juntos de nuevo!
La mención del nombre de Alba borró la sonrisa del rostro de Sara.
Obviamente, en el fondo, anhelaba que su hija biológica volviera y fuera la niña cariñosa de antes.
Pero esa chica se había vuelto de piedra; ni con mil caballos la harían cambiar de actitud. Solo servía para causarle dolores de cabeza.
—Ni me la menciones, esa ingrata jamás va a regresar.
Sara ya consideraba a Valeria como su verdadera sangre y estaba dispuesta a tirar la toalla con Alba.
¡Esa rebelde ni siquiera se inmutó al saber que ella y Valeria estuvieron a punto de ser atropelladas!
¿Cómo iba a esperar que esa malagradecida la cuidara en su vejez?
¡Seguro le daría un infarto del puro coraje!
Entre más lo pensaba, más le hervía la sangre, así que cortó el tema de raíz.

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