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Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada romance Capítulo 486

Era obvio que alguien los había fotografiado en secreto.

En esas imágenes, el marido en quien más confiaba abrazaba a una desconocida.

¡Y la actitud entre ellos era innegablemente íntima!

El mundo de Sara se derrumbó en mil pedazos y el celular casi se le resbala de los dedos.

Su respiración se volvió errática y sintió que una garra de hielo le oprimía el corazón.

El hombre que frente a ella era un modelo de elegancia y devoción, se mostraba en esas fotos derrochando pasión con una cualquiera.

¡El choque de realidades era demasiado brutal para soportarlo!

¿Quién demonios era esa tipa?

¿Cuánto tiempo llevaban revolcándose juntos?

A Sara le parecía que el rostro de la mujer tenía un aire familiar, como si la hubiera visto alguna vez, pero a la vez era una completa extraña.

Eduardo siempre había sido el estandarte del esposo perfecto y del hombre de familia. Nunca se había visto envuelto en chismes de faldas.

Siempre la había tratado como a una reina, por lo que a ella jamás se le habría cruzado por la cabeza que pudiera tener una amante.

¡Y ahora resultaba que le habían estado viendo la cara de idiota todo este tiempo!

—¿Y si es obra de alguien que me tiene envidia y quiere arruinar mi matrimonio? —susurró Sara para sí misma.

Se rehusaba a creer que su intachable esposo fuera capaz de semejante traición.

Justo entonces, el teléfono volvió a vibrar.

Había recibido un nuevo mensaje.

[Señora Moreno, si duda de la veracidad de esto, ¿por qué no hace una visita sorpresa a la zona de residencias exclusivas en las afueras?]

Tras esa frase, incluyeron la dirección detallada.

Con esto, cualquier intento de Sara por hacerse de la vista gorda o ignorar el asunto se desmoronó.

Necesitaba descubrir si la habitante de esa casa era la amante de su esposo.

Si la dueña resultaba ser la misma mujer de la foto, significaría que Eduardo le había montado una casa chica.

Esa zona residencial en particular era el rincón favorito de los millonarios sinvergüenzas de su círculo para esconder a sus amantes.

Por lo general, las esposas oficiales hacían la vista gorda y rara vez se rebajaban a hacer reclamos sobre esto.

Sabían que hacer un escándalo solo empeoraría las cosas y arruinaría su propio estatus, por lo que casi nunca se aparecían a causar alboroto.

Sara, por supuesto, no planeaba arrastrarse por el barro. Solo quería hacer una inspección rápida para confirmar o descartar sus temores.

Fuera cual fuera el resultado, no pensaba armar un circo en público.

Tras armarse de valor, se plantó frente a la puerta principal.

Llegó a la entrada, tomó una profunda bocanada de aire para prepararse mentalmente y tocó el timbre.

Mientras esperaba, Sara sintió que el corazón le retumbaba en los oídos. Aunque su rostro se mantenía impasible, las palmas de las manos le sudaban a mares de pura ansiedad.

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