Era obvio que alguien los había fotografiado en secreto.
En esas imágenes, el marido en quien más confiaba abrazaba a una desconocida.
¡Y la actitud entre ellos era innegablemente íntima!
El mundo de Sara se derrumbó en mil pedazos y el celular casi se le resbala de los dedos.
Su respiración se volvió errática y sintió que una garra de hielo le oprimía el corazón.
El hombre que frente a ella era un modelo de elegancia y devoción, se mostraba en esas fotos derrochando pasión con una cualquiera.
¡El choque de realidades era demasiado brutal para soportarlo!
¿Quién demonios era esa tipa?
¿Cuánto tiempo llevaban revolcándose juntos?
A Sara le parecía que el rostro de la mujer tenía un aire familiar, como si la hubiera visto alguna vez, pero a la vez era una completa extraña.
Eduardo siempre había sido el estandarte del esposo perfecto y del hombre de familia. Nunca se había visto envuelto en chismes de faldas.
Siempre la había tratado como a una reina, por lo que a ella jamás se le habría cruzado por la cabeza que pudiera tener una amante.
¡Y ahora resultaba que le habían estado viendo la cara de idiota todo este tiempo!
—¿Y si es obra de alguien que me tiene envidia y quiere arruinar mi matrimonio? —susurró Sara para sí misma.
Se rehusaba a creer que su intachable esposo fuera capaz de semejante traición.
Justo entonces, el teléfono volvió a vibrar.
Había recibido un nuevo mensaje.
[Señora Moreno, si duda de la veracidad de esto, ¿por qué no hace una visita sorpresa a la zona de residencias exclusivas en las afueras?]
Tras esa frase, incluyeron la dirección detallada.
Con esto, cualquier intento de Sara por hacerse de la vista gorda o ignorar el asunto se desmoronó.

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