A Liam nunca le gustaba ocultarle nada. Si encontraba buenos recursos o algo que pudiera serle útil, ella siempre era la primera en saberlo.
—¿De verdad? ¿Cultivan hierbas desconocidas en secreto?
—Sí. Envié a mi gente a echar un vistazo, pero aún no logran identificar de qué planta se trata.
Alba, que ya estaba intrigada, sintió que su curiosidad se desbordaba al escuchar eso.
No tardaron en fijar una fecha para volver a escabullirse por la zona.
El campo de cultivo estaba muy bien escondido. Como los lugareños no entendían de qué se trataba, simplemente lo ignoraban.
Si se aparecían por ahí con demasiada naturalidad, era probable que los dueños se pusieran a la defensiva.
Por eso, acordaron ir en secreto.
Para evitar ser descubiertos, Liam y Alba eligieron un día en el que los habitantes estarían ocupados con una peregrinación local.
Con todos distraídos por la festividad religiosa, nadie les prestaría atención.
Después de todo, la gente de ese pueblo era bastante supersticiosa.
Durante todo el trayecto, Alba no dejó de darle vueltas al asunto, tratando de adivinar qué tipo de planta podía ser.
Liam, por su parte, se mantenía alerta a cualquier movimiento, garantizando la seguridad de Alba en todo momento.
Finalmente, llegaron al escondite.
Ante ellos se extendía un enorme cultivo de plantas de colores vibrantes y llamativos.
Esa mezcla de tonos resultaba sumamente extraña.
—¿No me digas que están cultivando amapolas para opio? —bromeó Liam.
Aunque dudaba que tuvieran las agallas para meterse en algo tan ilegal.
—No lo parece, estoy casi segura de que no es eso.

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