—Hacer que destruyeran con sus propias manos algo en lo que invirtieron tanto tiempo y esfuerzo ya es una victoria.
Llevar esas plantas a ese nivel de desarrollo seguro les había costado una cantidad inmensa de dinero y recursos.
Jamás se imaginaron que su escondite en ese pueblo olvidado por Dios sería descubierto por pura casualidad.
Una plantación ilegal de esa magnitud no era algo que alguien como Clara Serrano o Gregorio Góngora pudieran manejar.
Definitivamente, había alguien con mucho más poder moviendo los hilos detrás de ellos.
Saber que estaban un paso más cerca de desenmascarar al verdadero líder le daba a Alba cierta tranquilidad.
Con las plantas destruidas o reubicadas, los matones del pueblo perdieron a sus patrocinadores y sus fuentes de dinero ilícito.
Sin otra opción, terminaron firmando los documentos dócilmente, permitiendo que Luciano cerrara con éxito el contrato para el resort.
Y esos idiotas no solo tuvieron que ceder las tierras; sus crímenes salieron a la luz y terminaron tras las rejas pagando por lo que hicieron.
—Sigue investigando las pistas que dejaron. Seguro encontraremos algo mucho más grande —le ordenó Alba a Joaquín una vez más.
Destruir a toda la organización no sería fácil. Acabar con Clara Serrano ahora mismo no costaría mucho esfuerzo.
Pero tirar de la red tan pronto arruinaría la diversión.
Había que tener paciencia para atrapar al pez gordo.
El día del banquete académico finalmente llegó.
Liam pasó a buscarla puntualmente.
Al verla salir, sus ojos se iluminaron.
—Te ves muy bien hoy —elogió.
En realidad, quería decirle: "Estás verdaderamente hermosa".
Pero tras pensarlo un segundo, sintió que sonaba un poco anticuado y empalagoso.
El contraste de ambos, uno de negro y la otra de blanco, sumado a su innegable atractivo y presencia, acaparó las miradas apenas pusieron un pie en el salón.
—Señor Góngora, ¿quién es su acompañante?
—Señor Góngora, siempre tan exitoso y elegante. La mujer que se case con usted será verdaderamente afortunada.
En cuanto llegaron, un grupo de empresarios ansiosos por ganar favores se abalanzó sobre ellos.
En cuestión de segundos, los rodearon por completo.
Liam ya estaba más que acostumbrado a esa clase de teatros, al punto de que le daba pereza fingir cortesía.
Simplemente asintió con la cabeza. No les regaló ni una sonrisa ni una sola palabra.
Y todos los presentes, acostumbrados a su actitud fría y distante, no se sintieron ofendidos.
Para ellos, ese era el comportamiento natural del gran líder, su verdadera esencia.

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