A pesar de las advertencias de Liam para que no lo llamara de ese modo, Bárbara supuso que, estando Susana presente para respaldarla, no se atrevería a decir ni una sola palabra.
Quién diría que...
—Silvia y yo no tenemos nada que ver. El compromiso está cancelado desde hace tiempo. Si sigues con esto, vas a acabar metiendo a la familia Jiménez en problemas muy serios.
La mirada fulminante de Liam casi hizo que a Bárbara se le escapara el alma del cuerpo.
No esperaba que, a pesar de que Susana estaba allí para protegerlas, Liam tuviera las agallas de humillarla con tanta dureza.
Sintió un escalofrío de miedo; al fin y al cabo, los Jiménez no estaban a la altura de los Góngora.
—Vaya, hijo, estabas aquí —comentó Susana con evidente sorpresa.
Se notaba a leguas que acababa de notar que su hijo estaba ahí.
Alba se quedó sin palabras.
Miró al hombre a su lado, compadeciéndose un poco de él. ¿Tan insignificante era para su madre?
Con esa altura de basquetbolista, un rostro de portada de revista y una presencia que imponía respeto a kilómetros de distancia... ¡y su propia madre no lo había notado!
Liam, con la calma de siempre y como si ya estuviera más que acostumbrado, respondió en tono relajado:
—Así es. Llevo un buen rato aquí.
—¡Jajaja! Lo siento, es que hay tantas mujeres hermosas aquí que pasaste desapercibido —se excusó Susana, con una risita culpable.
Lo que venía a decir, en pocas palabras, era que hasta las muchachas del lugar valían más la pena que su propio hijo.
Pero al segundo siguiente, cambió de expresión radicalmente y lo regañó con severidad:
—¡Liam, te pasaste de la raya! ¡Cómo se te ocurre tratar así a Bárbara y a Silvia!
—¡Y además dijiste mal el nombre de Silvia! ¡Te lo he repetido mil veces y todavía no te lo aprendes!
A Silvia ya le había dolido bastante que Liam se equivocara con su nombre.
Pero enterarse de que Susana se lo había repetido innumerables veces, fue como si le clavaran un puñal en el pecho.
Se quedó ahí, con su actitud de aparente neutralidad.
En ese momento, al escuchar cómo atacaban a su hermana con quejas que olían a pleito, Pablo no pudo evitar fruncir el ceño.
Los de la familia Moreno podían decirse de todo y sacarse los ojos entre ellos, pero de puertas para adentro.
Pero que unos extraños intentaran humillar a su hermana frente a todo el mundo... ¡Eso sí que no lo iba a tolerar!
Estuvo a punto de salir en su defensa, pero Valeria se le adelantó:
—En el fondo Alba no es tan mala. Supongo que fue por aquellos años en que desapareció de casa... Quizá se juntó con malas amistades y por eso anda tan rebelde.
—Pero, la verdad, ha mejorado un poco desde que volvió. Les pido que, por favor, señora Susana, señorita Bárbara, no le guarden rencor a mi hermana.
Aunque en la superficie parecía estar excusando a Alba a toda costa, en el fondo le estaba cavando una fosa.
Había estado desaparecida todos esos años, pero con la brillante manera de hablar de Valeria, parecía como si se hubiera fugado a propósito para andar de pandillera con lo peor de la calle.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada