En lugar de conseguir el reconocimiento de su familia, su esfuerzo se dio por sentado y se convirtió en una maraña de malentendidos imposibles de deshacer.
Ellos simplemente asumieron que era su obligación actuar así, y ciegamente creían en las mentiras de los demás en lugar de confiar en su propia hija.
Pero ahora las cosas eran muy diferentes.
Aunque en el fondo quedara una ligerísima espina de nostalgia y resignación tras romper lazos con los Moreno...
Ahora se sentía libre y verdaderamente feliz.
Volaba sin cadenas, sin que nadie dictara su destino, sin tener que ponerle buena cara a nadie ni moldear su vida para complacer a otros.
Al escuchar sus palabras, el niño se quedó pasmado.
Nadie, nunca, le había hablado de esa manera. Nadie se había detenido a pensar si él estaba triste o se sentía infeliz.
Todos asumían simplemente que era un niño introvertido, que no le gustaba hablar y que prefería la soledad.
Al escuchar esa verdad de los labios de la chica, el niño se desmoronó y comenzó a llorar.
Las lágrimas rodaban por su carita de porcelana, acompañadas de un puchero cargado de tristeza.
Era una imagen que partía el corazón, pero que al mismo tiempo resultaba inmensamente tierna.
—Ya, ya, no llores más. No dejes que los demás piensen que eres un cobarde... —le decía Alba.
Pero no logró terminar la frase, pues unos pasos resonaron en el pasillo.
Al segundo siguiente, una ráfaga de voces irrumpió en el lugar.
—¡Simoncito! ¿Por qué te viniste hasta acá? Casi matas a tu abuela del susto. Te hemos estado buscando por todos lados, y para colmo, ni siquiera te pusiste tu reloj inteligente.
—¡Ay! ¿Simoncito, por qué lloras? ¿Quién te hizo daño? ¡Dime quién fue para que Bárbara le dé su merecido!
—¿Qué diablos haces tú aquí, Alba? ¿Qué le hiciste a mi primito? ¡Seguro fuiste tú la que lo hizo llorar!
En un abrir y cerrar de ojos, un montón de personas irrumpieron en la habitación.
Resulta que doña Inés había traído a Simón a la fiesta, pero al pequeño no le gustaban las multitudes y pidió caminar un poco a solas.
Como el recinto estaba repleto de militares patrullando y la seguridad era máxima, la abuela se lo permitió.
Pero cuando quiso buscarlo, no lo encontró y el niño no contestaba el reloj inteligente.
Presa del pánico, mandó a buscarlo por todas partes, alarmando a medio mundo.
Dio la casualidad de que la búsqueda los trajo hasta este sector, atrayendo a varios curiosos y chismosos en el camino.
Y ahora, al escuchar que la brillante discípula del maestro Juárez había maltratado a un niño pequeño —y nada menos que al tesoro de la familia Jiménez—, los murmullos estallaron.
—¿Esa no es la señorita de la familia Moreno? ¿Acaso se cree intocable y mira a todos por encima del hombro solo por ser la discípula del maestro Juárez?
—Por muy discípula que sea, ¿no les parece una bajeza abusar de un niño pequeño?
—¿Y si es un malentendido? Nadie la vio haciéndole nada. Las cosas no se pueden afirmar sin pruebas.

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