En lugar de conseguir el reconocimiento de su familia, su esfuerzo se dio por sentado y se convirtió en una maraña de malentendidos imposibles de deshacer.
Ellos simplemente asumieron que era su obligación actuar así, y ciegamente creían en las mentiras de los demás en lugar de confiar en su propia hija.
Pero ahora las cosas eran muy diferentes.
Aunque en el fondo quedara una ligerísima espina de nostalgia y resignación tras romper lazos con los Moreno...
Ahora se sentía libre y verdaderamente feliz.
Volaba sin cadenas, sin que nadie dictara su destino, sin tener que ponerle buena cara a nadie ni moldear su vida para complacer a otros.
Al escuchar sus palabras, el niño se quedó pasmado.
Nadie, nunca, le había hablado de esa manera. Nadie se había detenido a pensar si él estaba triste o se sentía infeliz.
Todos asumían simplemente que era un niño introvertido, que no le gustaba hablar y que prefería la soledad.
Al escuchar esa verdad de los labios de la chica, el niño se desmoronó y comenzó a llorar.
Las lágrimas rodaban por su carita de porcelana, acompañadas de un puchero cargado de tristeza.
Era una imagen que partía el corazón, pero que al mismo tiempo resultaba inmensamente tierna.
—Ya, ya, no llores más. No dejes que los demás piensen que eres un cobarde... —le decía Alba.
Pero no logró terminar la frase, pues unos pasos resonaron en el pasillo.
Al segundo siguiente, una ráfaga de voces irrumpió en el lugar.
—¡Simoncito! ¿Por qué te viniste hasta acá? Casi matas a tu abuela del susto. Te hemos estado buscando por todos lados, y para colmo, ni siquiera te pusiste tu reloj inteligente.
—¡Ay! ¿Simoncito, por qué lloras? ¿Quién te hizo daño? ¡Dime quién fue para que Bárbara le dé su merecido!
—¿Qué diablos haces tú aquí, Alba? ¿Qué le hiciste a mi primito? ¡Seguro fuiste tú la que lo hizo llorar!
En un abrir y cerrar de ojos, un montón de personas irrumpieron en la habitación.

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