Él jamás llevaría a una mujer a comer a un lugar así, y mucho menos vendría a comer solo como un alma en pena.
Pero pura casualidad, iba manejando por la zona, se detuvo en un semáforo en rojo y, al girar la cabeza por puro instinto...
¡Vio a su chica almorzando con otro hombre en ese restaurante!
¡Y estaban solos!
Al principio pensó que la vista le fallaba, pero era imposible que no la reconociera.
¡Podría confundir a cualquiera en el mundo, menos a ella!
Sin pensarlo dos veces, el magnate Góngora dio una vuelta en U prohibida y llegó al campo de batalla a toda velocidad.
Bueno, al restaurante.
—Vine a comer, pero parece que el lugar está a reventar.
Mientras hablaba, Liam se sentó en la mesa con total descaro. —No tengo paciencia para esperar. Supongo que no les molesta si compartimos mesa.
Alba: «...»
¿Qué importaba si les molestaba o no? El hombre ya estaba sentado.
Y para colmo, se acomodó justo a su lado, empujándola un poco hacia el rincón.
—¿Estás gordo o qué? ¿Por qué me aplastas contra la pared? —Alba lo miró, visiblemente irritada.
Hoy, Liam llevaba un traje negro a la medida, impecable, combinado con una camisa blanca perfectamente planchada y una corbata elegante. Se veía imponente y sofisticado.
Sumado a su aura dominante, daba la impresión de que él era el dueño absoluto del restaurante.
Su rostro parecía una obra de arte esculpida a mano, lo que ya había provocado que varias mujeres en el lugar se giraran para mirarlo embelesadas.
Todas morían de ganas de sacarle una foto a semejante dios terrenal, pero su presencia era tan intimidante que nadie se atrevía a sacar el celular.


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