Alba realmente adoraba a ese niño.
Era tan hermoso, inteligente y lleno de talento, ¿quién no lo querría?
—Eso es maravilloso, muchas gracias, muchacha —respondió doña Inés, aliviada y con una cálida sonrisa.
Después de colgar, la señora Inés se sintió extrañamente feliz, con unas inmensas ganas de que llegara el fin de semana para verla.
No sabía por qué estaba tan contenta; supuso que era por su precioso nieto.
Si su nieto estaba feliz, ella también lo estaría.
Rápidamente le dio la buena noticia a Simoncito.
Al escucharla, el pequeño esbozó una gran sonrisa, una alegría genuina que venía desde el fondo de su corazón.
Hacía mucho tiempo que no veía a su nieto tan feliz, así que la anciana estaba de un humor excelente.
Esta noticia no tardó en llegar a oídos de Silvia y Bárbara Jiménez.
—¡Qué! ¿Acaso la abuela perdió la cabeza? ¡Cómo se le ocurre invitar a Alba Moreno a la casa!
—¿Acaso olvidó quién te robó a tu prometido, Silvia?
—¡Esa maldita mujer hizo que la familia Jiménez y tú pasaran la mayor de las vergüenzas! ¡¿Cómo es posible que la invite?!
Al enterarse de esto, Bárbara estaba furiosa.
Silvia sabía que reaccionaría así, por eso se lo había contado a propósito.
—Seguramente es por Simoncito. Como a él le agrada la señorita Moreno, me imagino que le pidió a la abuela que la invitara.
En la superficie, Silvia no mostraba ninguna emoción, pero por dentro estaba sumamente molesta.
¡Ese hermano desobediente! ¡Por más que le enseñaba, no aprendía!
Le había advertido una y otra vez que se olvidara de invitar a Alba Moreno, ¿por qué no se rendía?
Antes siempre le hacía caso, ¿y ahora resultaba que había aprendido a rebelarse?

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