—Descuida, muy pronto se arrepentirá de todo —respondió Alba con total tranquilidad.
Por ahora prefería mantenerse al margen. No quería involucrarse hasta entender exactamente qué estaba pasando dentro de la familia Jiménez.
La única forma de descubrirlo era observando en silencio para distinguir a los aliados de los enemigos.
En comparación con los berrinches escandalosos de Bárbara, a Alba le preocupaba mucho más la silenciosa Silvia.
Como decía el dicho, el perro que ladra no muerde, pero la que se queda callada es la peor.
Y Silvia encajaba perfectamente en esa categoría.
Siempre estaba a un lado, sin decir una palabra. ¿Quién sabe qué clase de telarañas estaba tejiendo en su cabeza?
Aunque no era tan torpe ni tan egocéntrica como Valeria, definitivamente desprendía ese mismo aire de mosquita muerta.
Mientras las dos charlaban y comían, Alba no dejaba de mandarse mensajes con Liam Góngora.
No sabía exactamente cuándo había empezado, pero parecía que ambos mantenían contacto diario.
No necesitaban verse ni llamarse, pero los mensajes no paraban.
A veces, sin importar lo ocupados que estuvieran, siempre encontraban un momento para platicar de algo.
Parecían tener temas de conversación inagotables.
Eso confirmaba la frase: *Si alguien de verdad quiere hablarte, encontrará el tiempo, por muy ocupado que esté.*
*Justo estoy por la zona. ¿Quieres que vaya para que comamos juntos?*
Desde el otro lado de la pantalla, al enterarse de que Alba estaba cerca, Liam pensó en aprovechar la oportunidad para verla y pasar un rato con ella.
Pero la chica lo rechazó sin piedad.
*Mejor no. Estoy con mi amiga y sería un poco incómodo.*
*Yo soy el único hombre y no me incomoda. ¿Por qué te apena a ti?*
Definitivamente, cuando se trata de conquistar, no se puede ser tímido ni dar vueltas, o de lo contrario la chica se irá con alguien más.
*¿Qué cosas dices? Lo que me preocupa es que mi amiga se sienta incómoda.*

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