Aunque no se quedaría en la calle ni le faltaría el dinero, la idea de vivir sola aterrorizaba a Sara, quien había sido criada entre algodones toda su vida y estaba acostumbrada a la comodidad.
¡Era algo inaceptable!
Pero si no lo confrontaba y toleraba que siguieran juntos, sentiría una agonía peor que la muerte.
Se convertiría en el hazmerreír de todos y no tendría cara para salir a la calle.
Después de todo, siempre presumía de su felicidad en las cenas y reuniones con sus amigas.
Todos en su círculo social admiraban su matrimonio como el único verdaderamente puro e intocable.
Si se descubría que su marido tenía una amante, puede que a Eduardo no le importara, pero ella jamás podría volver a mirar a nadie a la cara.
—No, nadie se va a enterar. Si no se supo en todos estos años, nadie lo descubrirá ahora.
Sara volvió a murmurar para sí misma, luciendo casi desquiciada, con una expresión escalofriante.
Se convenció de que, mientras ella no abriera la boca y la amante no hiciera un escándalo, la vida seguiría su curso normal.
Justo cuando lograba calmar sus pensamientos, recibió un nuevo mensaje.
Se trataba del accidente en el que Valeria fue atropellada por salvarla.
En aquel entonces, una mujer la había visitado en el hospital, afirmando ser una campesina que Valeria conoció mientras cultivaba hierbas medicinales en el campo.
Había dicho que eran muy unidas, y por eso viajó desde tan lejos para verla.
¡Pero la información reciente revelaba que esa mujer era una impostora!
¡Era Clara Serrano disfrazada!
¡La misma mujer dueña del arete que encontró en el saco de su marido!
En otras palabras, ¡la misma mujer que se había burlado de ella en la fiesta presumiendo de su amor!
—¿Qué relación tiene Valeria con esa mujer?
Cuanto más lo pensaba, más sospechaba, y más terrorífica le parecía la situación.
¡Era algo espeluznante!

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