Ahora no dejaba de consolar a su madre, sintiendo que todo era demasiado repentino y que la situación no cuadraba.
—¡Cómo van a ser falsas estas fotos! ¡Un experto ya confirmó que no están editadas! ¡Esa mujer es la amante de tu padre!
—Esa lagartona se llama Clara Serrano. ¡Yo la vi con mis propios ojos! ¡Me vio la cara de estúpida, ella sabía perfectamente quién era yo!
—¡Lo de Valeria no es una coincidencia, las piezas encajan a la perfección!
Mientras más hablaba, más se enfurecía Sara, convencida de que esa era la innegable verdad.
Se maldecía a sí misma por haber sido tan ingenua como para no cuestionar jamás el motivo real por el que su esposo llevó a la huérfana a casa.
No solo no sospechó, sino que la crio y la amó como a su propia hija.
¡El solo recordarlo le provocaba arcadas!
—Ahora que lo mencionas... Clara Serrano es la tía de Valeria. Isaac dijo que la vio en la fiesta hace tiempo.
—Mencionó que había regresado del extranjero y que andaba con Valeria.
Pablo empezó a conectar los puntos, recordando detalles sueltos.
—¡Ja! ¡Qué tía ni qué nada, es su propia madre! ¡Se inventaron ese cuento de la tía porque no podían dar la cara!
Al escuchar el comentario de su hijo, la última chispa de duda en el corazón de Sara se extinguió.
¡Solo un idiota creería el cuento de la tía cariñosa!
—Ja, siempre se los dije. Valeria nunca fue una santa y ustedes se negaron a escucharme. Ahora se les cayó el teatrito.
A diferencia de la conmoción de su madre y su hermano, Mateo ya había superado el impacto inicial.
Si se trataba de las bajezas de Valeria, nada le sorprendía a estas alturas.
—Mateo, las cosas aún no están del todo claras. No alteres más a mamá.
Pablo miró a su hermano mayor con desaprobación, aferrándose a la idea de que todo debía ser un oscuro malentendido.
En ese preciso instante, Eduardo Moreno llegó a la casa.


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