Los jadeos suaves y cálidos llenaron la casa con una atmósfera íntima.
Se besaron desde el vestíbulo hasta llegar al sofá.
—¿No puedes parar un segundo? —Alba lo empujó, con las mejillas completamente ruborizadas.
No era la primera vez.
Desde que ese hombre se había mudado, esa escena se repetía todos los días, incluso varias veces al día.
Él puso cara de inocente y se quejó:
—Solo te di un beso, ni siquiera pasé a mayores. ¿No crees que exageras?
—Tengo los labios hinchados, ¿y todavía no es suficiente? —lo empujó de nuevo.
—No, nunca será suficiente —se acercó a ella una vez más.
Él siempre se había considerado alguien con un fuerte autocontrol y mucha disciplina.
Pero frente a su pequeña Alba, todo eso desaparecía.
Quería abrazarla toda la vida y nunca soltarla.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que por fin se sintió satisfecho y la soltó.
Luego, con una enorme sonrisa, se fue a la cocina a preparar algo delicioso.
Alba, que nunca había aprendido a cocinar ni solía entrar a la cocina, se quedó mirando a aquel hombre que iba y venía por la barra abierta.
No pudo resistirse, tomó su celular y capturó el momento.
En la foto, el hombre llevaba ropa de casa blanca y sencilla, con las mangas arremangadas hasta los codos, mostrando la línea firme de sus antebrazos.
La luz del sol se filtraba por la ventana de la cocina, envolviéndolo en un halo suave y cálido.
Alba miró la foto y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Aquel ligero enfado por haber sido acorralada a besos ya se había esfumado, dejando solo una inexplicable sensación de calidez en su corazón.
Parecía que eso ya se había convertido en una costumbre, en su propia dinámica.
Siempre que estaban solos en casa, él se encargaba de cocinar.

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